lunes, 6 de febrero de 2017

No se admiten cambios



No se admiten cambios.- Los hombres están olvidando lo que es regalar. La vulneración del principio del cambio tiene algo de contrasentido y de inverosimilitud; en todas partes hasta los niños miran con desconfianza al que les da algo, como si el regalo fuera un truco para venderles cepillos o jabón. para eso está la práctica de la charity, de la beneficencia administrada, que se encarga de coser de una forma planificada las heridas visibles de la sociedad. Dentro de esa actividad organizada no hay lugar para el acto de humanidad, es más: la donación está necesariamente emparejada con la humillación por el repartir, el ponderar de modo equitativo, en suma, por el tratamiento del obsequiado como objeto. Hasta el regalo privado se ha rebajado a una función social que se ejecuta con ánimo contrario, con una detenida consideración del presupuesto asignado, con una estimación escéptica del otro y con el mínimo esfuerzo posible. El verdadero regalar tenía su nota feliz en la imaginación de la felicidad del obsequiado. Significaba elegir, emplear tiempo, salirse de las propias preferencias, pensar al otro como sujeto: todo lo contrario del olvido. Apenas es ya alguien capaz de eso. En el caso más favorable uno se regala lo que desearía para sí mismo, aunque con algunos detalles de menor calidad. La decadencia del regalar se refleja en el triste invento de los artículos de regalo, ya creados contando con que no se sabe qué regalar, porque en el fondo no se quiere. Tales mercancías son carentes de relación, como sus compradores. Eran género muerto ya desde el primer día. Parejamente la cláusula del cambio, que para el obsequiado significa: << Aquí tienes tu baratija, haz con ella lo que quieras si no te gusta, a mi me da lo mismo, cámbiala por otra cosa.>> En estos casos, frente al compromiso propio de los regalos habituales, la pura fungibilidad de los mismos aún representa la nota más humana, por cuanto que permite al obsequiado por lo menos regalarse algo a sí mismo, hecho que, desde luego, lleva a la vez la absoluta contradicción del regalar mismo.
Frente a la enorme abundancia de bienes asequibles aun a los pobres, la decadencia del regalo podría parecer un hecho indiferente, y su consideración algo sentimental. Sin embargo, aunque en medio de la superfluidad resultase superfluo -y ello es mentira, tanto en lo privado como en lo social, pues no hay actualmente nadie para quien la fantasía no pueda encontrar justamente la cosa que le haga más feliz-, quedarían necesitados del regalo aquellos que ya no regalan. En ellos se arruinan aquellas cualidades insustituibles que sólo pueden desarrollarse no en la celda aislada de la pura interioridad, sino sintiendo el calor de las cosas. La frialdad domina en todo lo que hacen, en la palabra amistosa, en la inexpresada, en la deferencia, que queda sin efecto. Al final, tal frialdad revierte sobre aquellos de los que emana. Toda relación no deformada, tal vez incluso lo que de conciliador hay en la vida orgánica misma, es un regalar.  Quien, dominado por la lógica de la consecuencia, llega a ser incapaz se convierte en cosa y se enfría.

Th. W. Adorno: Mínima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Obra completa, 4. AKAL/BÁSICA DE BOLSILLO. 2006. Madrid. Af.: 21. (Las cursivas son mías, salvo las del epígrafe)

Fernando Reyes Díez