lunes, 29 de enero de 2018

Terapia de pareja

Recibí hace pocos días una llamada, era de una mujer, preguntándome si yo hacía terapia de pareja, yo a mi vez le precisé que lo que se entiende por sesiones de pareja en las que comparecen los dos miembros de la pareja y yo también estoy presente, le dije que no. Que lo que yo podía ofrecerle eran sesiones en las que uno de los miembros de la pareja decidía explorar todo aquello que le resultaba conflictivo en su relación y que tampoco podía atender a los dos miembros de la pareja en sesiones alternativas, es decir una vez uno y otra vez el otro. Es decir, o el uno o el otro. Mi experiencia me dice que esto no funciona, o lo que quizá también sucede es que yo no lo sepa hacer. Esto de atender a los dos, digamos a la vez. Mis intentos han sido más bien fallidos. En el transcurso de la conversación, bastante breve por cierto, esta mujer me dijo que lo que ella en realidad quería era acudir a alguien que le dijera si podía o no seguir con su pareja. Mi respuesta fue que eso era mucho pedir, poner la responsabilidad de tal decisión, muy importante, en un tercero, en este caso en mí. Llegados  a este punto le insistí en que para tomar una decisión tal, a mi entender era prudente explorar todo lo que fuese motivo de conflicto y ver hasta que punto se podía intentar cambiar antes de tomar una decisión drástica. Ella me respondió que no quería una terapia de esas que duran muchas sesiones, que quería que en un par de sesiones e incluso en una, alguien le dijera si podía seguir o dejarlo. Le dije que probase a ver si encontraba a alguien que le diese lo que ella quería y que en caso contrario me volviese a llamar pero que ya sabía que era lo que yo le podía ofrecer. 
Escribo todo esto porque es la primera vez que alguien me llama para tener sólo una sesión o como mucho un par de ellas, y más que nada por lo curioso de la demanda.
Me he pensado mucho si escribir esto o no y, finalmente, me he decidido a hacerlo. Pensaba titularlo: Soluciones rápidas, pero he optado por este otro título con el convencimiento de que va a llamar más la atención.
Quién sabe lo que habrá ocurrido...

Fernando Reyes.  

El hombre sabio

Es preciso un límite aun en las comedias. Señoras mías, os gustan con exceso las tortas de manzanas, no abuséis. Aun en esto de tortas debe haber arte y buen sentido. La glotonería castiga al glotón. Gula castigó a Gulax. Las indigestiones están encargadas por Dios de moralizar los estómagos. No olvidéis esto: cada una de nuestras pasiones, aun el amor, tiene un estómago que es menester no rellenar demasiado. En todo es preciso escribir a tiempo la palabra finis, cuando urja es necesario contenerse, echar el cerrojo al apetito; llevar a la prevención la fantasía, y encerrarse uno mismo en el cuerpo de guardia. El hombre sabio es aquel que en un momento dado sabe contenerse, Confiad en mí. Porque yo haya estudiado un poco de leyes, según dicen mis exámenes, porque sepa la diferencia que hay entre la cuestión promovida y la cuestión pendiente, porque haya sostenido en latín una tesis sobre la manera con que se daba tormento en Roma en tiempo en que Manatius  Remens era cuestor del Parricida, porque a lo que parece, voy a ser doctor, no se sigue de aquí necesariamente que yo sea un imbécil, como que me llamo Félix Tholomyés, que hablo en razón. Dichosos aquel que cuando la hora ha sonado, toma un partido heroico, y abdica como Sila o como Orígenes,

Víctor Hugo: Los miserables. Penguin Clásicos. Barcelona, 2015. Páginas. 183, 184.