jueves, 22 de marzo de 2018

Los seres no humanos

     Los seres no humanos cumplen sin intención y sin plan el programa en el que figuran. Para ellos no hay ninguna perfección que hayan de conseguir todavía. Son lo que son, y lo son en la perfección que expresan. Sólo el hombre tiene que realizar esta perfección como perfeccionamiento propio, como su acción. Al hombre se le ha puesto a disposición la propia creación. Por tanto, su para qué es: llegar a ser lo que puede ser, y llegar a ser eso haciéndose a sí mismo.
   Esta visión es espiritual, pero se despliega sin un más allá. Desde la creación, lo divino es completamente inmanente. Acontece en el juego del amor, que abarca el conocimiento y la acción, y en el que se realiza aquella apertura recíproca de las esencias por la que el todo puede experimentarse en la conciencia como la gran cadena de los seres. Quien cree en el poder del amor no necesita ningún Dios supraterrenal, es más, la <> amante <> es suficientemente fuerte para poder <> (V, 353). Eso es el Dios que se manifiesta en el poder de la unión. Por tanto, no se necesita ningún Dios trascendente, sobre todo ningún Dios con el que se hagan negocios recíprocos según el modelo: yo soy devoto y virtuoso para que una vez sea premiado en el cielo por esto. El amor y la virtud que brota de él son su propia retribución. La vida puede lograrse ahora, no es necesario esperar a una retribución en el más allá. Se logra con el amor. En consecuencia, la condenación no amenaza desde un juicio en el más allá, sino que el carente de amor padece ya ahora su castigo. Cerrado y obstinado protege su pobre y pequeño yo como su posesión, y se convierte en su prisionero. Se acurruca en la prisión de su egoísmo. <
    Esta visión toma motivos de Giordano Bruno y Pico de la Mirandola; no entremos en si esta conexión es intencionada o inconsciente. No sabemos si Schiller estudió a estos filósofos del Renacimiento; en todo caso podemos suponer que oyó hablar de ellos en las clases de Abel. Bruno entendía el amor como un poder cósmico creador, y Mirandola había desarrollado la idea de la creación inacabada del hombre, que en consecuencia tiene la tarea de terminarse a sí mismo. No estamos fijados por naturaleza, escribe Mirandola. <>. El propio perfeccionamiento del hombre es la obra creadora con la que este imita al gran creador. En al visión de Julio ambas cosas se piensan conjuntamente, el cósmico poder unificador del amor y el poder creador del propio perfeccionamiento.

Schiller o la invención del idealismo alemán. Rüdiger Safranski. Biografía. Tiempo de memoria, Tusquets Editores. Traducción de Raúl Gabás, Barcelona , 2006. Págs. 220-221 
    

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