lunes, 21 de mayo de 2018

Un poco de historia


Un poco de historia
Los textos que vienen a continuación, están extraídos de: Culturas del erotismo en España.
Maite Zubiaurre. Grandes Temas. Cátedra, segunda edición. Barcelona, 2015


Lo que Marañón comunicó a su audiencia cubana en el año 1927 en relación con el psicoanálisis y la sexualidad infantil guarda una sospechosa similitud con lo que, en defensa de la moral pública de los españoles, declaró y promulgó el real decreto de 1928:
               
  En estos tiempos de difusión literaria sin límites y profesionalismo excesivo, es inevitable la divulgación de estos conceptos [relacionados con la sexualidad del niño] que en las mentes no preparadas-es decir, en casi todas las mentes-producen un efecto desmoralizador y regresivo. Ya sé que las ideas de Freud y de los psicólogos de su escuela, en manos llenas de tacto son inofensivas y en ocasiones luminosamente útiles. Pero esas manos son exceptuales. Destruir un mito beneficioso [el mito de la pureza sexual del alma infantil] podrá ser científico, pero socialmente tiene muchos peligros (1967, 169)
Op. Cit. Pág. 59

Finalmente, el psiquiatra español dictamina que el psicoanálisis es <> y <> (1914ª, 226-235). En la nota final a sus <> Fernandez Sanz pone énfasis nuevamente en que:

 Las deducciones éticas de los psicoanalistas representan, pues, un lamentable retroceso en la evolución del perfeccionamiento moral, porque autoriza la satisfacción de los impulsos sexuales, por la sola razón de su existencia, sin esclavizarlos a la soberanía de los altos principios morales, que son, en último término, los supremos y legítimos representantes del verdadero interés del individuo y de la raza. En suma, la escuela psicoanalítica pasará a la historia estigmatizada por la reprobación de los pensadores imparciales (1914ª, 235).
Ibid. Pág. 71

Irónicamente, y aunque el recelo contra Freud era extendido y tenaz, su obra vuelve a ingresar de nuevo en España, y esta vez se establece firmemente durante un periodo de casi veinte años. En 1917, Ortega, a pesar de sus sentimientos manifiestamente encontrados en relación con es psicoanálisis anima a José Ruiz Castillo, el director de la editorial Biblioteca Nueva, a publicar las obras completas de Freud, en traducción de Luís López Ballesteros.
Ibid. Pág. 72

Además, la mayoría de los intelectuales españoles le afeaban al psicoanálisis su dogmatismo cuasi religioso, su elitismo social y su imperialismo expansionista. En palabras de Fernandez Sanz,

 La evolución de esta doctrina [psicoanalítica] tiene algo de imperialismo; había nacido modestamente del estudio de un caso de histeria; había procurado lograr la terapia de psiconeurosis en general, y luego, había aspirado a dominar el campo de la psiquiatría, la psicología general e invadir la ética, la sociología, la antropología, la criminología, la filología, la mitología y la historia convirtiéndose en una suerte de panacea universal (Gutierrez Terrazas, 1984, 211-212).
Ibid. Pág. 74

Más adelante, viajó incluso a los Estados Unidos de Norteamérica, en la guisa de costoso producto importado que solo los americanos ricos-ergo, fundamentalmente los judíos y los protestantes-se podían permitir. En palabras de José María Villaverde Larraz,

 El psicoanálisis debe practicarse durante meses y aun años para poder descubrir todo lo que el enfermo ignora y que por no salir nunca en su verdadera forma hay que venir a su conocimiento interpretando emociones, ensueños, etc. Esto, como se comprende, por sí solo exige pasarse la vida con unos cuantos enfermos, que, si no son las hijas de multimillonarios norteamericanos, no podrán pagar el trabajo tan enorme que el mentalista exige (Carles et al., 2000, 131).
Ibid. Pág. 75

Malo era tener a todas esas damas de clase acomodada ventilando su vida sexual, quizá menos irreprochable de lo que reflejaban las apariencias; malo era también saber que, a través de esas impúdicas confesiones de las féminas, quedaban expuestas en el terreno de lo erótico, las deficiencias de compañeros y esposos. Pero sin duda, lo que más incomodaba al patriarcado español era esa actitud pasiva (y, por tanto<>) del psicoanalista frente a la imparable logorrea de la paciente reclinada sobre el diván. Añadámosle a ello que no solamente le estaba vedada al psicoanalista la posibilidad de una intervención autorizada (y autoritaria), sino que, por prescripción facultativa, como quien dice, el propio psicoanalista, antes de volverse tal, había de representar el desairado papel de enfermo. Garma, uno de los pocos seguidores incondicionales del psicoanálisis freudiano en la España del primer tercio del siglo XX, insistía siempre en que si el psicoanalista en ciernes quería realmente entender como funcionaba el subconsciente de los demás, primero había de someterse él mismo a la cura psicoanalítica (1930, 218). El énfasis de Garma era deliberado, ya que estaba perfectamente familiarizado con la arrogancia profesional de los psiquiatras españoles. Era muy difícil por no decir imposible, que ninguno de sus colegas se mostrara dispuesto a <> a paciente, y mucho menos desnudar el lado sexual de su alma. Dejarse caer sobre un diván y declararse loco y enajenado era lo mismo que deponer toda autoridad profesional; más aún, era volverse afeminado y débil, una criatura patética que, frente a un colega masculino, descarga en un torrente de palabras todas sus inhibiciones (homo)sexuales. En otras palabras, y para recurrir a una comparación, decirle a un psiquiatra que para ser doctor primero había de ser paciente era como decirle a un misionero que antes de esparcir por el mundo la palabra de Dios, había primero que trocarse en <> infiel.
Ibid. Pág. 79

Todos estos fragmentos han sido extraídos del capítulo 2 de la mencionada obra titulado:
La sexualidad en la edad de plata
PANORAMA HISTÓRICO

Un pequeño comentario para matizar algunos aspectos que se vierten en los textos seleccionados:
El término subconsciente hoy en día no se usa, el término correcto sería inconsciente (sería lo desconocido, según el término freudiano)
Un psicoanalista no tiene porqué ser un “colega masculino” puede ser perfectamente “una colega femenina”. Tampoco tiene porque ser un psiquiatra o una psiquiatra, los médicos, psicólogos, filósofos, también ejercen como psicoanalistas.
Todo eso que dice Fernandez Sanz en el fragmento escogido… ¿no les parece a ustedes que ha resultado ser toda una premonición?
Fernando Reyes