jueves, 10 de septiembre de 2020

Volver a la versión clásica

Cuando intentaba publicar esta entrada, al abrir el blog, me ha salido una ventana en la que se me preguntaba si quería volver a la versión clásica; por desconocimiento o precipitación, la he cerrado, y me ha salido la nueva versión. Este nuevo formato no me ha gustado nada y por suerte he podido, volver a la versión clásica, después de darle muchas vueltas al asunto.
Empiezo así, aunque no era mi intención hacerlo de esta manera. Pensaba en títulos como: Pandemia y Psicoanálisis, o, El virus y las relaciones sociales,o, La nueva normalidad. Pero al pensar en estos títulos me venían a la memoria la cantidad de artículos y conferencias que se han publicado y se han dado, a propósito del tema, y me he dicho, ¿Qué más puedo añadir yo?
No se me ha ocurrido nada que pudiera ser interesante, como no fuera decir que esto de La nueva normalidad, me parece una cosa absurda y falsa. ¿Acaso esta nueva versión del formato del Blog, pertenece a esa supuesta nueva normalidad?

En estos meses atrás se ha especulado mucho sobre la idea de si el virus nos iba a cambiar, nos iba a hacer más sociables, más humanos ¿Piensan ustedes que lo ha hecho?

Ahora nos saludamos más cuando nos encontramos por la calle, eso sí... ¡¡¡Guardando las distancias!!! no vaya a ser que... Respetamos las colas en la panadería y en el supermercado... ¡Qué remedio! Ahora, antes de sentarnos en una terraza, esperamos a que la camarera o el camarero nos de permiso, previa desinfección de la mesa y las sillas.

Y también llevamos nuestras correspondientes mascarillas, hay gente que no o que las lleva incorrectamente ¿Se acuerdan de cuando no eran obligatorias? 

Muchas de las personas con las que me relaciono, tanto a nivel personal, como a nivel profesional, me hablan de su cansancio. Ya están hartos de llevar la mascarilla. Pero claro, es preferible eso que exponerse a una sanción o incluso peor, a contraer una enfermedad que nos podría llevar a la muerte.

¿Quiere esto decir que nos hemos humanizado, o es que ya éramos así y que por dejadez o por costumbre, nos habíamos olvidado de las buenas formas? Aprovecho esta pregunta, para recomendar la lectura del libro:"La desaparición de los rituales" de Byung- Chul Han, editado por Herder, Barcelona 2020

Participo en un grupo al que hemos denominado " Grupo de trabajo sobre Psicoanálisis " Hemos pasado por diferentes fases, antes de que empezara todo este asunto de la pandemia, nos reuníamos en un despacho, que supimos convertir en sala de reuniones. Cuando empezó el confinamiento, hicimos encuentros virtuales (Aunque era un poco raro hablar unos con otros a través de la pantalla del ordenador, no estuvo mal del todo) después, cuando ya se pudo volver a salir encontramos algún sitio que tuviera el suficiente espacio para continuar con nuestros encuentros, por ejemplo un restaurante.

Los temas que se han ido suscitando, en estos encuentros de grupo, han partido de consideraciones teóricas sobre el Psicoanálisis, derivadas de la lectura de libros que trataban sobre el tema o que lo sugerían y poco a poco la cosa fue cambiando de cariz y empezamos a tratar todo tipo de temas, pero sobretodo aquellos que tuvieran para nosotros un valor de verdad y de libertad. Hablamos a " Calzón quitáo " parafraseando una obra de teatro que se tituló así. El grupo sigue, nos encontramos una vez al mes aproximadamente y nos sirve a todos como un bálsamo (Según nos hemos dicho unos a otros) No es un grupo de análisis al uso, no tiene ninguna intención terapéutica, lo que todos los participantes tenemos en común es que hemos pasado por la experiencia del psicoanálisis, o estamos en ella.

Después de mucho tiempo sin ideas para publicar una entrada en este Blog, se me ha ocurrido que hablar de todo lo anterior, era una buena idea. Espero que no haya quedado demasiado deslavazado y pueda suscitar el interés de quienes la lean.

Dedico especialmente estas líneas a: Judith Barberena, Natalia Ardanaz, Marian Esteban y Paula Rodríguez.

Fernando Reyes 

jueves, 19 de marzo de 2020

La necesidad del otro

Escribo otro con minúscula, aunque en al ámbito del psicoanálisis, se tiende a escribir con mayúscula para referirse a ese otro en general, lo que se llegó a llamar el gran otro. Esa madre nutricia en primer lugar. O quien haga sus funciones. Ese otro, sea quien sea, que nos sostiene. Cuando un niño nace no ve, todavía, (al menos con la nitidez que llega a alcanzar un poco de tiempo después) pero si huele, oye, nota el contacto de la piel y por supuesto nota el pecho en su boca. Lo que dice Freud de este primer contacto es que además de ser un momento alimenticio, también es, por decirlo así, la inauguración de la pulsión oral, para decirlo sencillamente la erotización de la boca. Me atrevo a decir que este es el punto inaugural de la erotización del resto del cuerpo. Aunque si se piensa bien lo primero que le ocurre al bebe es que le limpian el ano y los genitales, es posible que las sensaciones de alivio y de placer empiecen por ahí. Todo esto son especulaciones porque también se sabe que el tono de la voz del padre y de la madre, de las personas que dan la bienvenida, son importantísimos para el bebe. Insisto, especulaciones. ¡Cómo vamos a saber lo que acontece en la vida de ese ser humano recién nacido sin equivocarnos!
Parece que lo que sí sabemos es que cuando a un niño le faltan todas esas cosas, esa bienvenida, ese acogimiento dentro de un entorno amable y cálido, exhibe toda una colección de síntomas y de malestares. Solo hay que fijarse en los niños que están en los orfanatos; que han sido abandonados, por negligencia o por imposibilidad de los padres de mantenerlos y educarlos, a las procelosas manos de un destino incierto.
En cualquier caso, todo este circunloquio, bastante mal hilvanado, por cierto, me sirve como introducción para abordar lo que pretende ser el tema de la entrada "La necesidad del otro".
Insisto en escribirlo con minúscula, por que ese otro, son nuestros otros. Padres, madres, hijos, parejas, amigos, hermanos, compañeros de trabajo, tenderos que nos abastecen diariamente de todo lo que necesitamos para sobrevivir, y una cantidad infinita de personas sin las cuales, caemos en el desamparo.
En la situación actual de alarma y de aislamiento de confinamiento, de reclusión, es en la que verdaderamente nos damos cuenta de lo importantes que son todos aquellos que nos sostienen cotidianamente. No poder darnos la mano, no poder darnos un beso, cuando nos encontramos con un amigo por la calle. Ahora, si es que vemos a alguien conocido por la calle, tenemos que hacerle una seña desde el otro lado de la acera. Tener que perder de vista a la cajera del supermercado, porque al tener hijos pequeños, le han recomendado, sugerido, obligado a quedarse en casa por que es población vulnerable. Y no poder decirle ¿Cómo estás Vanessa? Bien y ¿Tu que tal? Ver a las panaderas que nos atienden con mascarilla detrás de unos plásticos que cubren toda la extensión del mostrador, que nos dan el pan con guantes y que nos cogen el dinero que previamente hemos depositado en un plato. Y casi no poder preguntar ¿Hola Natalia, cómo estás? bien y ¿Tu que tal Fernando. O el frutero y la frutera que están en una situación parecida. Creo que en esta situación somos como niños desamparados. Porque entrar en un sitio y ver a los otros, ¿Quién es el último? ¿Quién da la vez? es fundamental para nuestra vida. 
Quiero dedicar esta entrada a Natalia, mi panadera, a Maica, mi frutera, a Jose, mi carnicero, a Vanessa, mi cajera del supermercado, a Yolanda, mi quesera. Pongo mis, porque son míos. Y por supuesto a mis estimadísimas del grupo de reflexión sobre psicoanálisis, Judith, Natalia, Marian y Paula.

Fernando Reyes


lunes, 9 de marzo de 2020

El caos de los recuerdos

Me van a permitir que tome prestado un párrafo (un poco largo, pero muy interesante), del maravilloso libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco, Que edita Siruela Biblioteca de Ensayo, 5ª edición: enero de 2020. El párrafo está en la página, 313. Vaya por delante que, Juan José Millás, en su columna de EL País, de uno de estos viernes atrás (no recuerdo la fecha) recomendó la lectura de este libro, por considerarlo uno de los mejores libros que se habían publicado últimamente. Lo compré y lo leí. El libro me ha parecido una maravilla, entonces, después de este preámbulo voy al texto de Irene:

 "El caos de las librerías se parece mucho al caos de los recuerdos. Sus pasillos, sus anaqueles, sus umbrales son espacios habitados por la memoria colectiva y por las memorias individuales. Allí tropezamos con biografías, con testimonios y con largos estantes de ficciones donde los escritores desnudan la verdad de muchas vidas. los lomos gruesos de los libros de historia, como camellos de una lenta caravana, nos ofrecen guiarnos en la ruta hacia el pasado. Investigaciones, sueños, mitos y crónicas, dormitan juntos en la misma penumbra. El azar de un encuentro o de un rescate es siempre posible.
 No es casual que en Austerlitz, de W. G. Sebald, el protagonista recupere el recuerdo suprimido de su niñez precisamente en una librería. Criado en un pequeño pueblo de Gales por unos ancianos padres adoptivos que nunca le revelaron su procedencia, Jacques Austerlitz arrastraba desde siempre una tristeza inexplicable. Como un sonámbulo que tiene su propio despertar, durante años se había cerrado a cualquier conocimiento de la tragedia de la cual su propia vida era un capítulo arrancado. No leía periódicos, encendía la radio sólo a horas determinadas, perfeccionaba un sistema de cuarentena que lo mantenía a salvo de cualquier contacto con su historia anterior. pero ese intento de inmunizarse contra la memoria venía acompañado de alucinaciones y sueños angustiosos, y finalmente estalló en forma de derrumbamiento nervioso. Cierto día de primavera en Londres, durante uno de sus abatidos paseos por la ciudad, entró en una librería en las proximidades del Museo Británico. La propietaria, que estaba sentada en posición ligeramente ladeada junto a su escritorio cargado de papeles y libros, respondía al mitológico nombre de Penélope Peacefull . Y es que, sin saberlo, el viajero reticente acababa de encontrar el camino de regreso a Ítaca.
 Reinaba la calma en la librería. Penélope levantaba de vez en cuando la cabeza, sonreía a Jacques y luego volvía a mirar a la calle, sumida en sus pensamientos. De la vieja radio encendida brotaban voces chisporroteantes pero suaves, que cautivaron al recién llegado. Poco a poco éste fue quedándose inmóvil, como si no pudiera perderse ni una sílaba de aquella emisión. Dos mujeres recordaban cómo, en el verano de 1939, siendo niñas, las habían enviado a Inglaterra desde Centroeuropa para salvarlas de la persecución nazi. Austerlitz, aterrorizado, supo que los recuerdos fragmentarios de esas mujeres eran también los suyos. De golpe volvió a ver el agua gris del puerto, las sogas y cadenas del ancla, la proa del buque, más alta que una casa, las gaviotas que sobrevolaban su cabeza chillando furiosamente. Las esclusas de su memoria se abrieron ya sin remedio, liberando una catarata de certezas angustiosas. Que era un refugiado judío, Que su primera infancia transcurrió en Praga. Que a los cuatro años fue separado para siempre de su familia verdadera. Que el resto de su vida consistiría en buscar - casi seguro inútilmente - el rastro de todas sus pérdidas.
 -¿Se encuentra bien? - preguntó la librera Penélope, preocupada por su gesto petrificado.
 Austerlitz supo por fin el motivo de haberse sentido siempre un transeúnte en todas partes, sin tierra ni brújula, solitario y perdido.
 A partir de esa mañana en la librería, seguimos al protagonista en su deambular por una dolorosa ruta de ciudades europeas, rastreando la identidad que le arrebataron. Se suceden una serie de epifanías. Jacques consigue reconstruir la figura de su madre, una actriz de variedades asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt. En Praga encuentra a una vieja amiga de sus padres, con la que se entrevista. Recupera fotografías antiguas. Examina a cámara lenta un documental propagandístico de los nazis, buscando un rostro de mujer que hiera su memoria. Acude a lugares donde reverberan ecos: a bibliotecas, a museos, a centros de documentación, a librerías. La novela es en el fondo una loa de esos territorios donde se conjura el olvido.
 En la obra de Sebald, la proporción de ficción y no ficción acostumbra a ser una incógnita. Tenemos la impresión de que sus criaturas proceden de zonas fronterizas entre ambas. Aunque ignoramos si el melancólico Austerlitz es un individuo real o un símbolo, caminamos a su vera, interpelados por el espanto y la tristeza de sus palabras. Sea como sea, queda claro que el escritor, como su personaje, necesita dejar testimonio de una época infernal que se está desvaneciendo como niebla dispersada por el viento. El dolor que atraviesa la historia no se puede reparar, los vacíos son imposibles de llenar, pero la tarea de documentarse y testificar nunca será en vano. El incesante olvido engullirá todo, a no ser que le opongamos el esfuerzo abnegado de registrar lo que fue. Las generaciones futuras tienen derecho a reclamarnos el relato del pasado.
 Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida"

 Una de las premisas del psicoanálisis es la sugerencia que se hace a quien decide emprenderlo, de intentar el recuerdo, la escritura en palabras de la propia biografía. Hay quien dice que no tiene recuerdos (lo que es imposible) o quien dice que tiene la memoria de un pez (no sé muy bien que quiere esto decir ¿Qué no tiene memoria?), es posible que tengamos recuerdos borrosos, incluso algunos falsos. Néstor Braunstein, en su trilogía sobre la memoria titula uno de sus volúmenes: "La memoria, la inventora" y otro lo titula "Memoria y espanto" y el tercero "La memoria del uno, la memoria del Otro", publicados en Siglo XXI.

 Néstor sugiere que hay que recordar para olvidar y recordar para no repetir. La regla fundamental del psicoanálisis que es la asociación libre: "decir todo lo que nos venga a la cabeza" es la manera de propiciar el recuerdo. La memoria es asociativa... una cosa lleva a otra.

Gracias, Irene Vallejo, por escribir este libro maravilloso: "El infinito en un junco" en el que has recogido en este apartado lo que significa para la vida de una persona la posibilidad de recuperar sus recuerdos.

También quiero agradecer y dedicar esta entrada a Judith, Natalia, Marian y Paula. Que me han animado a seguir escribiendo. Que es tanto como decirme que... "¡no me olvide de escribir!"

Fernando Reyes
  


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Una vuelta más de tuerca sobre la autoestima

La palabra viene a significar "quererse  sí mismo", pensándolo bien uno dice..." pues vaya tontería como no voy a quererme a mí mismo, si eso es la cosa más fácil del mundo". Se hacen incluso chistes: "No me doy un beso porque no me llego" y cosas por el estilo. Y los amigos cuando le ven a uno triste le dicen, "pero qué te pasa hombre con lo majo que eres tu, vamos hombre anímate. O las amigas, "pero chica porqué estás tan triste, si lo tienes todo... si no tienes de qué quejarte, ¡hala venga ánimo!. Y el uno y la otra con la mirada fija en el horizonte como si no fuera con ellos, como si no escucharan, con la mirada perdida."Sí, sí, ya, ya. Pero si yo estoy bien, si no me pasa nada" y en su fuero interno aparecen ideas tales como, "pero qué hago yo aquí, para qué sirvo, qué es esto de la vida,... quizá hubiese sido mejor no haber nacido, o quizá sería mejor que me muriera". Todas estas ideas de ruina, de catástrofe, de derrota, no pueden airearse así como así. Nuestros próximos se asustan, ven que nos pasa algo pero ni ellos ni nosotros sabemos decir qué es.
Si me voy un poco a la teoría tengo que decir que hay un postulado que reza: "La angustia no es sin objeto" para enunciarlo un poco más comprensible yo lo diría así; "cuando nos angustiamos es por algo" aunque a veces, ese algo resulte enigmático o totalmente desconocido. Eso puede ser una tontería o incluso una idea. La mayor parte de las veces es una idea, o son muchas ideas y todas relacionadas con el miedo a vivir. Enfrente está el vacío.
El psicoanálisis ofrece una alternativa a los tratamientos medicamentosos. No es la única. Pero a mí me parece válida. No voy a decir que sea la mejor, pero es buena. Y ¿de qué se trata? Pues se trata simplemente de hablar. Siguiendo la regla fundamental del psicoanálisis que es: diga todo lo que se le ocurra, todo aquello que le venga a la cabeza y trate de no censurar ninguno de sus pensamientos.
Entonces en ese practicable que es el gabinete del o de la, psicoanalista, es donde pueden y deben desplegarse todas esas ideas, todos esos pensamientos que no pueden ser expresados en ningún otro sitio. La escucha psicoanalítica, que es una atención flotante, que quiere decir, escuchar más allá de lo anecdótico del relato, nos ayuda a desentrañar el enigma. Nuestro propio enigma.
Gracias por la atención que me prestan quienes tienen la deferencia de leer lo que escribo.
Fernando Reyes 

jueves, 8 de agosto de 2019

El psicoanalista

El psicoanalista no es un terapeuta al uso: cuando pensaba en publicar esta entrada no encontraba un título, ni sabía muy bien de qué hablar. Este no saber muy bien de qué hablar es lo que sucede a quien consulta con un psicoanalista para ir a contarle sus malestares. Puesto que este psicoanalista lo que le va a proponer a quien le ha llamado y ha concertado la cita es que diga todo lo que se le ocurra. Le va a proponer lo que se conoce como la regla fundamental del psicoanálisis es decir: la Asociación Libre; lo escribo con negrita porque esta práctica es fundamental. Pero bien mirado, no es otra cosa que lo que hacemos cuando damos rienda suelta a nuestros pensamientos en una reunión de amigos. O en un club de lectura. Es imposible hablar, incluso de política sin que se trasluzca algo de lo personal, también lo escribo con negrita porque es, así mismo, lo que no cesa de llamar a la puerta. Permítaseme esta metáfora para no recurrir a términos teóricos que no harían sino enturbiar lo que intento transmitir. En cierta ocasión una paciente me preguntó ¿se puede mentir al psicoanalista? y yo le respondí que sí; ella de inmediato hizo esta reflexión: ¡claro pero si le miento a usted, sería como mentirme a mi misma!
¡Diga lo que se le ocurra! tiene siempre un efecto de verdad, tanto sobre lo que se dice como sobre lo que se calla; si no voy a decir la verdad, ¡entonces para qué vengo! sería la siguiente conjetura. Otra cosa es que esta verdad se pueda decir o se pueda escuchar fácilmente.
Si se va a conformar quien consulta con hablar de sus síntomas y de sus malestares, aunque empiece por eso, perderá la oportunidad de ampliar el campo de visión. Viene de suyo que después de haber dicho: me duele la cabeza o tengo ansiedad (angustia decimos los psicoanalistas) ya no se nos ocurra decir nada más, aunque se esté pensando...(ahora dígame, usted que es el experto, qué hago para que se me pase) y este sea un pensamiento dirigido a este que se sienta enfrente. Perdonen que no haga estas cosas que se hacen ahora de poner todo el rato ellos y ellas. El psicoanalista no tiene género, así que me vale igual, para los efectos, que sea hombre o que sea mujer. Hay quien ha probado las dos cosas y quien tiene su preferencia.
Para no hacer esta entrada interminable (se ve que hace tiempo que no escribía y por eso me estoy explayando) solo añadir que es, este no quedarse en la demanda de, ¡cúreme usted que es el experto!, lo que le confiere al psicoanalista su carácter especial. Es entonces cuando aparece la idea de que, quien consulta con un psicoanalista, un futuro o posible analizante, este es un término que acuñó Lacan, para desproveer al término paciente de todo sentido, está directa y profundamente implicado, en sus malestares. Hay quien está dispuesto a aceptar el reto y sigue hasta el final. Hay quien no y entonces se marcha por donde ha venido más o menos decepcionado.
En esta .época de prisas y de fármacos, muy poca gente quiere tomarse el tiempo y aceptar el reto, pero créanme, merece la pena, y si no... pregunten a quien lo haya hecho.

Fernando Reyes 

jueves, 22 de noviembre de 2018

Desde que nacemos


Desde que nacemos[1]

La influencia efectiva de la sociedad sobre el individuo comienza, si no antes, con el nacimiento; así pues, desde el día mismo en que tiene lugar éste. No es nuestra intención dilucidar aquí lo que la salud de la madre, la alimentación y el cuidado del niño significan para su futuro físico y psíquico. Todo esto depende en gran medida de la riqueza del país, del nivel alcanzado por la ciencia, del nivel social de los padres. Tras los primeros meses se convierte en decisivo algo de lo que todos hablan, pero pocos describen con alguna exactitud: el amor maternal. Un amor que no consiste en el sentimiento, pero tampoco simplemente en la reflexión, que debe encontrar su expresión adecuada. El bienestar del niño y la confianza que puede tener en las personas y cosas de su entorno dependen ampliamente de la amabilidad serena, y a la vez fluida, del calor y de la sonrisa de la madre o de la persona que ocupa su lugar. La indiferencia y la frialdad, los gestos abruptos, el desasosiego y la desgana de quien lo cuida pueden perturbar para siempre la relación del niño con los objetos, con los hombres y con el mundo; pueden, en fin, dar lugar a un carácter frío, incapaz de reacciones espontáneas. Esto es algo que se sabía ya en la época del Émile de Rousseau, de John Locke, e incluso antes; pero solo hoy se empieza a comprender el nexo en sus elementos, y no se precisa de la sociología para poder percibir ya que la madre oprimida por preocupaciones y negocios externos ejerce una influencia distinta a la deseada. En el primer año de vida, antes de ser capaz de reflexionar y de distinguir entre sí mismo y el entorno, la persona es determinada ya en muy alto grado socialmente hasta en matices de su ser que no se desarrollarán sino mucho después. Incluso los sentimientos se aprenden. Entre las capacidades que todo ser, en cuanto ser biológico, lleva consigo, figura la de amoldarse y ajustarse, la mímesis. Gestos y ademanes, el tono de la voz, el modo de andar, todo ello toma cuerpo en el niño como eco de la expresión de adultos queridos y admirados. Las reacciones anímicas son adquiridas, si no en lo que afecta a su contenido, sí en su forma; y si la rígida separación en el análisis de una obra de arte lleva ya al error, tanto más ocurre eso mismo en la interpretación de los sentimientos humanos. Duelo y felicidad, el respeto y la devoción dados y recibidos, el recelo y la entrega surgen paralelamente a la representación de gestos y ademanes, puesto que <>, como dice Goethe. Lo que con tanta facilidad se registra como marca anímica se retrotrae en parte decisiva a impresiones y reacciones de la primera infancia, y es reforzado y modificado luego por las circunstancias y acontecimientos de los años posteriores. Que uno esté centrado en la validez y estima del propio yo o que sea capaz de desarrollar un vivo interés por lo que le rodea y entregarse a personas y cosas, la profundidad y superficialidad de la sensación e incluso del pensamiento, todo ello no es un simple hecho natural, sino un resultado histórico. La posición social de los padres, las relaciones que mantienen entre sí, la estructura interior y exterior de la familia y, de modo mediado, la constitución de la época, globalmente considerada, desempeñan ahí un papel. El carácter de un individuo no resulta menos determinado por el tiempo, el lugar, las circunstancias políticas, la libertad o la esclavitud y su religión. Con harta claridad ha formulado la filosofía clásica alemana la no autonomía del ser individual singularmente considerado.

Respecto de éste (para el individuo singular) resultan necesarias… todavía otras realidades, que aparecen igualmente como especialmente existentes para sí; solamente junto a ellas y en su relación se realiza el concepto. El individuo singular para sí no corresponde a su concepto…[2]   

Dicho con otras palabras, solo en relación con el todo al que pertenece y en el contexto del mismo, es real el individuo. Sus determinaciones esenciales, carácter e inclinaciones, profesión y comprensión del mundo, surgen de la sociedad y su destino en ella. En qué medida la sociedad existente en cada caso corresponda al propio concepto, y con ello a la razón, no es cosa concertada de antemano, por supuesto.




[1] El texto que se incluye a continuación está tomado en su totalidad de: Max Horkheimer, Sociedad, razón y libertad. Traducción e introducción de Jacobo Muñoz. Editorial Trotta. Madrid 2005. Págs. 28-29.   
[2] G. W. F. Hegel, Enzyklopädie, I, 213 (trad. cast. de R. Valls Plana, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Alianza, Madrid, 2005.     

lunes, 15 de octubre de 2018

La neurosis obsesiva. Trastorno obsesivo compulsivo



Aportes a la clínica de la Neurosis Obsesiva


 Hoy entendemos la Neurosis Obsesiva como una estructura clínica, aunque al mismo tiempo decimos que se puede ser neurótico obsesivo enfermo, es decir, padecer de lo que se deriva de la propia estructura. La estructura obsesiva presenta un sujeto cuyo principal padecimiento es el del pensamiento (pensar en demasía, pasar de una cosa a otra sin solución de continuidad, con el consiguiente gasto de energía psíquica) y cuya principal manifestación social es la de la inhibición y el aislamiento. Los síntomas del neurótico obsesivo van desde contar cosas, objetos, números, palabras, sin poder parar de hacerlo, o repetir una palabra, una frase, una canción, hasta la imposibilidad de salir de casa por miedo a ser descubiertos, interrogados, escrutados por los demás que se les presentan como jueces implacables de su inmoralidad o su ineptitud.

 El ensayo “El Hombre de las Ratas”, lectura prioritaria en nuestro estudio, considerado como el caso paradigmático descrito por Freud para tipificar la Neurosis Obsesiva, nos ofrece todo un catálogo de síntomas, que invitan a Freud a establecer los puntos de unión entre esos síntomas y la relación especial de amor odio del sujeto con su padre, así como una exacerbada sexualidad muy precoz que le sitúa en una particular posición con respecto a las mujeres y al deseo sexual.
 La tortura de las ratas, consistente en introducir una rata por el ano del reo hasta que le devora las entrañas, referida por un oficial del ejército prusiano durante unas maniobras en las que participaba nuestro “Hombre”, se convierte en la principal idea obsesiva en éste sujeto, al pensar que podía llegar a padecerla  como castigo por haber cometido una falta imaginaria en relación con la contracción de una deuda de juego arrastrada desde que su padre sirviera en las filas de ese mismo ejército. La necesidad inconsciente de pagar esa deuda contraída por el padre muchos años atrás. La indecisión sobre si debía contraer un matrimonio de conveniencia propuesto por la familia que le aseguraba la estabilidad económica o emparejarse con la mujer a la que realmente deseaba, son los puntos clave de la historia.

 El despertar precoz a la sexualidad de nuestro sujeto, contemplada por Freud como una condición estructurante de todo obsesivo, los sentimientos de culpa inconscientes por albergar este deseo sexual prematuro inconfesable combinados con un odio al padre concebido como represor y castigador de dicho deseo, configuran la estructura neurótica del “Hombre de las ratas”, este sujeto, obsesivo por excelencia. “Este niño será un genio o un gran criminal” esta frase pronunciada por su padre cuando él contaba muy pocos años queda inscrita en el texto del fantasma de Ernst Lanzer. Después de una violenta discusión con su padre a la edad de cuatro o cinco años tras ser sorprendido por éste en un acto reprobable, en un arrebato de furia el niño insulta al padre nombrándole con todo tipo de objetos que encuentra a su alrededor por no conocer todavía otras palabras más insultantes manejadas por los adultos, “armario” “lámpara” “mesa” pero expresadas con tal ira que las palabras tomaron allí el carácter de insulto, lo que le pone al padre en la tesitura de pronunciar la famosa frase: “Este niño será un genio o un gran criminal”.

 Esa figura paterna que toma cuerpo en esa instancia a la que Freud llamó el” Súper Yo” se instala en el obsesivo, le amenaza y le persigue hasta la tumba, es el subrogado de ese padre castigador y represivo.

 Pero el obsesivo tiene culpa depositada en ese “Súper Yo”; tiene culpa, se siente culpable, por desear (escuché a Jacques Nassif decir que, en el fondo, todo deseo es incestuoso) y por existir, por lo tanto, su gran caballo de batalla será amortiguar el deseo hasta el punto de anularlo convirtiéndolo en necesidad y solo entonces darse licencia para satisfacerlo y servirse de la inhibición para morir en vida y así poder pagar su tributo a la existencia.

 Sus ideas sobre la muerte le mantienen alerta para decirle que la vida no merece la pena ser vivida si el resultado final va a ser la muerte. Por eso la pregunta del obsesivo, ¿estoy vivo o estoy muerto? Porque se pone de un plumazo en la tesitura de no existir, con la consiguiente pérdida de la conciencia de sí mismo y, por lo tanto, de la conciencia de haber existido, lo que viene a ser lo mismo que estar muerto.

 Por otra parte, el cuerpo tira, la pulsión llama y no entiende de aplazamientos de la satisfacción ni de vías alternativas para conseguir la misma, así que el obsesivo se ve atrapado por sus pulsiones, el hambre, el sexo. Entonces el obsesivo se apresta a satisfacer todo eso, pero con disimulo, así inventará un mecanismo muy curioso al que Freud llamó “formación reactiva” que le pondrá a salvo de sus inclinaciones “indeseables”. Su odio lo convertirá en amor a través de una exagerada amabilidad y cortesía. Si tiene deseos sexuales que contravengan las convenciones sociales, se convertirá en un místico. Si es la gula lo que le acucia, se convertirá en un asceta.               
        
 Buscará denodadamente un Otro (con mayúsculas) del saber, que le sirva para suplir su déficit de conocimiento, como sustituto de un padre poseedor de todo el conocimiento, a quien amará u odiará alternativamente según su inclinación imaginaria a sentirse   amado u odiado por él como resultado de la valoración que éste padre-Otro haga de sus propios méritos.

 Juan David Nasio en El dolor de la histeria nos ofrece una descripción muy gráfica del fantasma del obsesivo:

 “Un niño, presa de un deseo incestuoso hacia la madre, es embargado por la angustia (angustia de castración) al oír la voz interceptora del padre prohibiéndole cumplir este deseo bajo pena de castrarlo. La zona erógena a cuyo alrededor se organiza el fantasma del obsesivo es el oído, que vibra, sufre y goza de haber oído la voz imperiosa del padre.”

 Freud, en Tótem y Tabú, a propósito del sentimiento de culpa observado en los neuróticos, nos dice:

 “Un neurótico obsesivo puede estar oprimido por una conciencia de culpa que convendría a un redomado asesino, no obstante ser, ya desde su niñez, el más considerado y escrupuloso de los hombres en el trato con sus prójimos. Sin embargo su sentimiento de culpa tiene un fundamento: se basa en   sus intensos y frecuentes deseos de muerte que en su interior, inconscientemente le nacen hacia sus prójimos//Y por lo que toca al desarrollo de las acciones obsesivas, se la puede describir poniendo de relieve cómo ellas, distanciadas de lo sexual en todo lo posible, empiezan como unos ensalmos contra malos deseos para terminar siendo unos sustitutos de un obrar sexual prohibido, al que imitan con la máxima fidelidad posible”

 Puedo referir en este punto el caso de una paciente. Acude a consulta por no poder soportar sus síntomas que le llevan a lavarse constantemente las manos y los genitales por tener la sensación de estar sucia o ensuciarse y ensuciar a cada paso que da. Durante el día se encierra en su casa a cal y canto, cerrando puertas y ventanas, por temor a que entre la luz. Durante la noche no puede dormir pensando en la cantidad de retos que le planteará la vida en pareja y la vida social y en cómo solucionarlos. Su reocupación capital es la elusión de todo contacto sexual con su marido por temor a ensuciarse, y la confrontación con los vecinos por pensar que le van a notar los pensamientos posiblemente sucios de los que en algún momento ella habrá sido víctima sin poder evitarlo. En el transcurso del análisis da cuenta de prácticas sexuales masturbatorias con un primo suyo cuando ella contaba seis o siete años, y también de tocamientos hacia ella hechos por su padre cuando a esas edades era requerida a la cama de su padre o su padre iba a la suya. En el trascurso del análisis pudo colegir que su afán por permanecer con la luz apagada y las ventanas cerradas en pleno día se debía al terror que le suponía el pensar en que su padre la iba a llamar para que fuese a su cama o que él iría a la suya en cualquier momento de la noche y como ella se tapaba y se escondía bajo las sábanas y permanecía en el más absoluto de los silencios para evitar ser “descubierta” por su padre.

 Su obsesión por la limpieza se debía, según ella misma pudo colegir, también al sentimiento de suciedad que le invadía al recordar los episodios eróticos con su primo que, algunos años mayor que ella, le requería para que le acariciase el pene y para que se desnudase delante de él. Cuando ella le preguntaba al primo si eso que hacían estaba bien, él le contestaba que sí, porque ellos dos se querían. Admitió, tras un proceso de exploración al respecto, que en esos encuentros con su primo había un deseo por parte de ella y tuvo a bien reconocer que el encuentro con ese deseo le había puesto en la tesitura de dejar de luchar contra él, lo que fue haciendo desaparecer su obsesión por la limpieza que le impelía a lavarse constantemente manos y genitales, al dejar de sentirse sucia. El trauma que le suponía el recuerdo de los requerimientos sexuales de su padre le llevó a la conclusión de que la circunstancia era tan difícil de solucionar para ella que necesitaba condonarse la deuda que había contraído consigo misma al pensar que podría haberse comportado de otra manera y el mero hecho de comunicarlo en el análisis le condujo a la posibilidad de establecer un nuevo punto de vista de las relaciones con sus vecinos y con la sociedad en general.

 Recuperó el deseo de las relaciones sexuales con su marido y hasta pasado un tiempo se instaló en ella el deseo de tener un hijo lo que condujo a buen término.       

 Nos dice Lacan en el Seminario IV La relación de objeto Pág. 29, Cap. “Las tres formas de la falta de objeto”: “La neurosis obsesiva es, como piensa la mayoría de quienes aquí están, una noción estructurante que puede expresarse aproximadamente así. ¿Qué es un obsesivo? En suma, es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto. El juego al que se entrega es una forma de ponerse a resguardo de la muerte. Se trata de un juego viviente que consiste en mostrarse invulnerable. Con este fin, se consagra a una denominación que condiciona todos sus contactos con los demás. Se le ve en una especie de exhibición con la que trata de mostrar hasta dónde puede llegar en ese ejercicio, que tiene todas las características de un juego, incluyendo sus características ilusorias, es decir, hasta dónde puede llegar con los demás, el otro con minúscula, que es solo su alter ego, su propio doble. Su juego se desarrolla delante de Otro (con mayúsculas) que asiste al espectáculo. Él mismo es solo un espectador, y en ello estriba la posibilidad misma del juego y del placer que obtiene. Sin embargo, no sabe qué lugar ocupa, esto es lo inconsciente que hay en él. Lo que hace lo hace a título de coartada. Esto si lo puede entrever, se da perfecta cuenta de que juego no se juega donde él está, y por eso casi nada de lo que ocurre tiene para él verdadera importancia, lo cual no significa que sepa desde donde ve todo esto.  


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Fernando Reyes