miércoles, 25 de septiembre de 2019

Una vuelta más de tuerca sobre la autoestima

La palabra viene a significar "quererse  sí mismo", pensándolo bien uno dice..." pues vaya tontería como no voy a quererme a mí mismo, si eso es la cosa más fácil del mundo". Se hacen incluso chistes: "No me doy un beso porque no me llego" y cosas por el estilo. Y los amigos cuando le ven a uno triste le dicen, "pero qué te pasa hombre con lo majo que eres tu, vamos hombre anímate. O las amigas, "pero chica porqué estás tan triste, si lo tienes todo... si no tienes de qué quejarte, ¡hala venga ánimo!. Y el uno y la otra con la mirada fija en el horizonte como si no fuera con ellos, como si no escucharan, con la mirada perdida."Sí, sí, ya, ya. Pero si yo estoy bien, si no me pasa nada" y en su fuero interno aparecen ideas tales como, "pero qué hago yo aquí, para qué sirvo, qué es esto de la vida,... quizá hubiese sido mejor no haber nacido, o quizá sería mejor que me muriera". Todas estas ideas de ruina, de catástrofe, de derrota, no pueden airearse así como así. Nuestros próximos se asustan, ven que nos pasa algo pero ni ellos ni nosotros sabemos decir qué es.
Si me voy un poco a la teoría tengo que decir que hay un postulado que reza: "La angustia no es sin objeto" para enunciarlo un poco más comprensible yo lo diría así; "cuando nos angustiamos es por algo" aunque a veces, ese algo resulte enigmático o totalmente desconocido. Eso puede ser una tontería o incluso una idea. La mayor parte de las veces es una idea, o son muchas ideas y todas relacionadas con el miedo a vivir. Enfrente está el vacío.
El psicoanálisis ofrece una alternativa a los tratamientos medicamentosos. No es la única. Pero a mí me parece válida. No voy a decir que sea la mejor, pero es buena. Y ¿de qué se trata? Pues se trata simplemente de hablar. Siguiendo la regla fundamental del psicoanálisis que es: diga todo lo que se le ocurra, todo aquello que le venga a la cabeza y trate de no censurar ninguno de sus pensamientos.
Entonces en ese practicable que es el gabinete del o de la, psicoanalista, es donde pueden y deben desplegarse todas esas ideas, todos esos pensamientos que no pueden ser expresados en ningún otro sitio. La escucha psicoanalítica, que es una atención flotante, que quiere decir, escuchar más allá de lo anecdótico del relato, nos ayuda a desentrañar el enigma. Nuestro propio enigma.
Gracias por la atención que me prestan quienes tienen la deferencia de leer lo que escribo.
Fernando Reyes 

jueves, 8 de agosto de 2019

El psicoanalista

El psicoanalista no es un terapeuta al uso: cuando pensaba en publicar esta entrada no encontraba un título, ni sabía muy bien de qué hablar. Este no saber muy bien de qué hablar es lo que sucede a quien consulta con un psicoanalista para ir a contarle sus malestares. Puesto que este psicoanalista lo que le va a proponer a quien le ha llamado y ha concertado la cita es que diga todo lo que se le ocurra. Le va a proponer lo que se conoce como la regla fundamental del psicoanálisis es decir: la Asociación Libre; lo escribo con negrita porque esta práctica es fundamental. Pero bien mirado, no es otra cosa que lo que hacemos cuando damos rienda suelta a nuestros pensamientos en una reunión de amigos. O en un club de lectura. Es imposible hablar, incluso de política sin que se trasluzca algo de lo personal, también lo escribo con negrita porque es, así mismo, lo que no cesa de llamar a la puerta. Permítaseme esta metáfora para no recurrir a términos teóricos que no harían sino enturbiar lo que intento transmitir. En cierta ocasión una paciente me preguntó ¿se puede mentir al psicoanalista? y yo le respondí que sí; ella de inmediato hizo esta reflexión: ¡claro pero si le miento a usted, sería como mentirme a mi misma!
¡Diga lo que se le ocurra! tiene siempre un efecto de verdad, tanto sobre lo que se dice como sobre lo que se calla; si no voy a decir la verdad, ¡entonces para qué vengo! sería la siguiente conjetura. Otra cosa es que esta verdad se pueda decir o se pueda escuchar fácilmente.
Si se va a conformar quien consulta con hablar de sus síntomas y de sus malestares, aunque empiece por eso, perderá la oportunidad de ampliar el campo de visión. Viene de suyo que después de haber dicho: me duele la cabeza o tengo ansiedad (angustia decimos los psicoanalistas) ya no se nos ocurra decir nada más, aunque se esté pensando...(ahora dígame, usted que es el experto, qué hago para que se me pase) y este sea un pensamiento dirigido a este que se sienta enfrente. Perdonen que no haga estas cosas que se hacen ahora de poner todo el rato ellos y ellas. El psicoanalista no tiene género, así que me vale igual, para los efectos, que sea hombre o que sea mujer. Hay quien ha probado las dos cosas y quien tiene su preferencia.
Para no hacer esta entrada interminable (se ve que hace tiempo que no escribía y por eso me estoy explayando) solo añadir que es, este no quedarse en la demanda de, ¡cúreme usted que es el experto!, lo que le confiere al psicoanalista su carácter especial. Es entonces cuando aparece la idea de que, quien consulta con un psicoanalista, un futuro o posible analizante, este es un término que acuñó Lacan, para desproveer al término paciente de todo sentido, está directa y profundamente implicado, en sus malestares. Hay quien está dispuesto a aceptar el reto y sigue hasta el final. Hay quien no y entonces se marcha por donde ha venido más o menos decepcionado.
En esta .época de prisas y de fármacos, muy poca gente quiere tomarse el tiempo y aceptar el reto, pero créanme, merece la pena, y si no... pregunten a quien lo haya hecho.

Fernando Reyes 

jueves, 22 de noviembre de 2018

Desde que nacemos


Desde que nacemos[1]

La influencia efectiva de la sociedad sobre el individuo comienza, si no antes, con el nacimiento; así pues, desde el día mismo en que tiene lugar éste. No es nuestra intención dilucidar aquí lo que la salud de la madre, la alimentación y el cuidado del niño significan para su futuro físico y psíquico. Todo esto depende en gran medida de la riqueza del país, del nivel alcanzado por la ciencia, del nivel social de los padres. Tras los primeros meses se convierte en decisivo algo de lo que todos hablan, pero pocos describen con alguna exactitud: el amor maternal. Un amor que no consiste en el sentimiento, pero tampoco simplemente en la reflexión, que debe encontrar su expresión adecuada. El bienestar del niño y la confianza que puede tener en las personas y cosas de su entorno dependen ampliamente de la amabilidad serena, y a la vez fluida, del calor y de la sonrisa de la madre o de la persona que ocupa su lugar. La indiferencia y la frialdad, los gestos abruptos, el desasosiego y la desgana de quien lo cuida pueden perturbar para siempre la relación del niño con los objetos, con los hombres y con el mundo; pueden, en fin, dar lugar a un carácter frío, incapaz de reacciones espontáneas. Esto es algo que se sabía ya en la época del Émile de Rousseau, de John Locke, e incluso antes; pero solo hoy se empieza a comprender el nexo en sus elementos, y no se precisa de la sociología para poder percibir ya que la madre oprimida por preocupaciones y negocios externos ejerce una influencia distinta a la deseada. En el primer año de vida, antes de ser capaz de reflexionar y de distinguir entre sí mismo y el entorno, la persona es determinada ya en muy alto grado socialmente hasta en matices de su ser que no se desarrollarán sino mucho después. Incluso los sentimientos se aprenden. Entre las capacidades que todo ser, en cuanto ser biológico, lleva consigo, figura la de amoldarse y ajustarse, la mímesis. Gestos y ademanes, el tono de la voz, el modo de andar, todo ello toma cuerpo en el niño como eco de la expresión de adultos queridos y admirados. Las reacciones anímicas son adquiridas, si no en lo que afecta a su contenido, sí en su forma; y si la rígida separación en el análisis de una obra de arte lleva ya al error, tanto más ocurre eso mismo en la interpretación de los sentimientos humanos. Duelo y felicidad, el respeto y la devoción dados y recibidos, el recelo y la entrega surgen paralelamente a la representación de gestos y ademanes, puesto que <>, como dice Goethe. Lo que con tanta facilidad se registra como marca anímica se retrotrae en parte decisiva a impresiones y reacciones de la primera infancia, y es reforzado y modificado luego por las circunstancias y acontecimientos de los años posteriores. Que uno esté centrado en la validez y estima del propio yo o que sea capaz de desarrollar un vivo interés por lo que le rodea y entregarse a personas y cosas, la profundidad y superficialidad de la sensación e incluso del pensamiento, todo ello no es un simple hecho natural, sino un resultado histórico. La posición social de los padres, las relaciones que mantienen entre sí, la estructura interior y exterior de la familia y, de modo mediado, la constitución de la época, globalmente considerada, desempeñan ahí un papel. El carácter de un individuo no resulta menos determinado por el tiempo, el lugar, las circunstancias políticas, la libertad o la esclavitud y su religión. Con harta claridad ha formulado la filosofía clásica alemana la no autonomía del ser individual singularmente considerado.

Respecto de éste (para el individuo singular) resultan necesarias… todavía otras realidades, que aparecen igualmente como especialmente existentes para sí; solamente junto a ellas y en su relación se realiza el concepto. El individuo singular para sí no corresponde a su concepto…[2]   

Dicho con otras palabras, solo en relación con el todo al que pertenece y en el contexto del mismo, es real el individuo. Sus determinaciones esenciales, carácter e inclinaciones, profesión y comprensión del mundo, surgen de la sociedad y su destino en ella. En qué medida la sociedad existente en cada caso corresponda al propio concepto, y con ello a la razón, no es cosa concertada de antemano, por supuesto.




[1] El texto que se incluye a continuación está tomado en su totalidad de: Max Horkheimer, Sociedad, razón y libertad. Traducción e introducción de Jacobo Muñoz. Editorial Trotta. Madrid 2005. Págs. 28-29.   
[2] G. W. F. Hegel, Enzyklopädie, I, 213 (trad. cast. de R. Valls Plana, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Alianza, Madrid, 2005.     

lunes, 15 de octubre de 2018

La neurosis obsesiva. Trastorno obsesivo compulsivo



Aportes a la clínica de la Neurosis Obsesiva


 Hoy entendemos la Neurosis Obsesiva como una estructura clínica, aunque al mismo tiempo decimos que se puede ser neurótico obsesivo enfermo, es decir, padecer de lo que se deriva de la propia estructura. La estructura obsesiva presenta un sujeto cuyo principal padecimiento es el del pensamiento (pensar en demasía, pasar de una cosa a otra sin solución de continuidad, con el consiguiente gasto de energía psíquica) y cuya principal manifestación social es la de la inhibición y el aislamiento. Los síntomas del neurótico obsesivo van desde contar cosas, objetos, números, palabras, sin poder parar de hacerlo, o repetir una palabra, una frase, una canción, hasta la imposibilidad de salir de casa por miedo a ser descubiertos, interrogados, escrutados por los demás que se les presentan como jueces implacables de su inmoralidad o su ineptitud.

 El ensayo “El Hombre de las Ratas”, lectura prioritaria en nuestro estudio, considerado como el caso paradigmático descrito por Freud para tipificar la Neurosis Obsesiva, nos ofrece todo un catálogo de síntomas, que invitan a Freud a establecer los puntos de unión entre esos síntomas y la relación especial de amor odio del sujeto con su padre, así como una exacerbada sexualidad muy precoz que le sitúa en una particular posición con respecto a las mujeres y al deseo sexual.
 La tortura de las ratas, consistente en introducir una rata por el ano del reo hasta que le devora las entrañas, referida por un oficial del ejército prusiano durante unas maniobras en las que participaba nuestro “Hombre”, se convierte en la principal idea obsesiva en éste sujeto, al pensar que podía llegar a padecerla  como castigo por haber cometido una falta imaginaria en relación con la contracción de una deuda de juego arrastrada desde que su padre sirviera en las filas de ese mismo ejército. La necesidad inconsciente de pagar esa deuda contraída por el padre muchos años atrás. La indecisión sobre si debía contraer un matrimonio de conveniencia propuesto por la familia que le aseguraba la estabilidad económica o emparejarse con la mujer a la que realmente deseaba, son los puntos clave de la historia.

 El despertar precoz a la sexualidad de nuestro sujeto, contemplada por Freud como una condición estructurante de todo obsesivo, los sentimientos de culpa inconscientes por albergar este deseo sexual prematuro inconfesable combinados con un odio al padre concebido como represor y castigador de dicho deseo, configuran la estructura neurótica del “Hombre de las ratas”, este sujeto, obsesivo por excelencia. “Este niño será un genio o un gran criminal” esta frase pronunciada por su padre cuando él contaba muy pocos años queda inscrita en el texto del fantasma de Ernst Lanzer. Después de una violenta discusión con su padre a la edad de cuatro o cinco años tras ser sorprendido por éste en un acto reprobable, en un arrebato de furia el niño insulta al padre nombrándole con todo tipo de objetos que encuentra a su alrededor por no conocer todavía otras palabras más insultantes manejadas por los adultos, “armario” “lámpara” “mesa” pero expresadas con tal ira que las palabras tomaron allí el carácter de insulto, lo que le pone al padre en la tesitura de pronunciar la famosa frase: “Este niño será un genio o un gran criminal”.

 Esa figura paterna que toma cuerpo en esa instancia a la que Freud llamó el” Súper Yo” se instala en el obsesivo, le amenaza y le persigue hasta la tumba, es el subrogado de ese padre castigador y represivo.

 Pero el obsesivo tiene culpa depositada en ese “Súper Yo”; tiene culpa, se siente culpable, por desear (escuché a Jacques Nassif decir que, en el fondo, todo deseo es incestuoso) y por existir, por lo tanto, su gran caballo de batalla será amortiguar el deseo hasta el punto de anularlo convirtiéndolo en necesidad y solo entonces darse licencia para satisfacerlo y servirse de la inhibición para morir en vida y así poder pagar su tributo a la existencia.

 Sus ideas sobre la muerte le mantienen alerta para decirle que la vida no merece la pena ser vivida si el resultado final va a ser la muerte. Por eso la pregunta del obsesivo, ¿estoy vivo o estoy muerto? Porque se pone de un plumazo en la tesitura de no existir, con la consiguiente pérdida de la conciencia de sí mismo y, por lo tanto, de la conciencia de haber existido, lo que viene a ser lo mismo que estar muerto.

 Por otra parte, el cuerpo tira, la pulsión llama y no entiende de aplazamientos de la satisfacción ni de vías alternativas para conseguir la misma, así que el obsesivo se ve atrapado por sus pulsiones, el hambre, el sexo. Entonces el obsesivo se apresta a satisfacer todo eso, pero con disimulo, así inventará un mecanismo muy curioso al que Freud llamó “formación reactiva” que le pondrá a salvo de sus inclinaciones “indeseables”. Su odio lo convertirá en amor a través de una exagerada amabilidad y cortesía. Si tiene deseos sexuales que contravengan las convenciones sociales, se convertirá en un místico. Si es la gula lo que le acucia, se convertirá en un asceta.               
        
 Buscará denodadamente un Otro (con mayúsculas) del saber, que le sirva para suplir su déficit de conocimiento, como sustituto de un padre poseedor de todo el conocimiento, a quien amará u odiará alternativamente según su inclinación imaginaria a sentirse   amado u odiado por él como resultado de la valoración que éste padre-Otro haga de sus propios méritos.

 Juan David Nasio en El dolor de la histeria nos ofrece una descripción muy gráfica del fantasma del obsesivo:

 “Un niño, presa de un deseo incestuoso hacia la madre, es embargado por la angustia (angustia de castración) al oír la voz interceptora del padre prohibiéndole cumplir este deseo bajo pena de castrarlo. La zona erógena a cuyo alrededor se organiza el fantasma del obsesivo es el oído, que vibra, sufre y goza de haber oído la voz imperiosa del padre.”

 Freud, en Tótem y Tabú, a propósito del sentimiento de culpa observado en los neuróticos, nos dice:

 “Un neurótico obsesivo puede estar oprimido por una conciencia de culpa que convendría a un redomado asesino, no obstante ser, ya desde su niñez, el más considerado y escrupuloso de los hombres en el trato con sus prójimos. Sin embargo su sentimiento de culpa tiene un fundamento: se basa en   sus intensos y frecuentes deseos de muerte que en su interior, inconscientemente le nacen hacia sus prójimos//Y por lo que toca al desarrollo de las acciones obsesivas, se la puede describir poniendo de relieve cómo ellas, distanciadas de lo sexual en todo lo posible, empiezan como unos ensalmos contra malos deseos para terminar siendo unos sustitutos de un obrar sexual prohibido, al que imitan con la máxima fidelidad posible”

 Puedo referir en este punto el caso de una paciente. Acude a consulta por no poder soportar sus síntomas que le llevan a lavarse constantemente las manos y los genitales por tener la sensación de estar sucia o ensuciarse y ensuciar a cada paso que da. Durante el día se encierra en su casa a cal y canto, cerrando puertas y ventanas, por temor a que entre la luz. Durante la noche no puede dormir pensando en la cantidad de retos que le planteará la vida en pareja y la vida social y en cómo solucionarlos. Su reocupación capital es la elusión de todo contacto sexual con su marido por temor a ensuciarse, y la confrontación con los vecinos por pensar que le van a notar los pensamientos posiblemente sucios de los que en algún momento ella habrá sido víctima sin poder evitarlo. En el transcurso del análisis da cuenta de prácticas sexuales masturbatorias con un primo suyo cuando ella contaba seis o siete años, y también de tocamientos hacia ella hechos por su padre cuando a esas edades era requerida a la cama de su padre o su padre iba a la suya. En el trascurso del análisis pudo colegir que su afán por permanecer con la luz apagada y las ventanas cerradas en pleno día se debía al terror que le suponía el pensar en que su padre la iba a llamar para que fuese a su cama o que él iría a la suya en cualquier momento de la noche y como ella se tapaba y se escondía bajo las sábanas y permanecía en el más absoluto de los silencios para evitar ser “descubierta” por su padre.

 Su obsesión por la limpieza se debía, según ella misma pudo colegir, también al sentimiento de suciedad que le invadía al recordar los episodios eróticos con su primo que, algunos años mayor que ella, le requería para que le acariciase el pene y para que se desnudase delante de él. Cuando ella le preguntaba al primo si eso que hacían estaba bien, él le contestaba que sí, porque ellos dos se querían. Admitió, tras un proceso de exploración al respecto, que en esos encuentros con su primo había un deseo por parte de ella y tuvo a bien reconocer que el encuentro con ese deseo le había puesto en la tesitura de dejar de luchar contra él, lo que fue haciendo desaparecer su obsesión por la limpieza que le impelía a lavarse constantemente manos y genitales, al dejar de sentirse sucia. El trauma que le suponía el recuerdo de los requerimientos sexuales de su padre le llevó a la conclusión de que la circunstancia era tan difícil de solucionar para ella que necesitaba condonarse la deuda que había contraído consigo misma al pensar que podría haberse comportado de otra manera y el mero hecho de comunicarlo en el análisis le condujo a la posibilidad de establecer un nuevo punto de vista de las relaciones con sus vecinos y con la sociedad en general.

 Recuperó el deseo de las relaciones sexuales con su marido y hasta pasado un tiempo se instaló en ella el deseo de tener un hijo lo que condujo a buen término.       

 Nos dice Lacan en el Seminario IV La relación de objeto Pág. 29, Cap. “Las tres formas de la falta de objeto”: “La neurosis obsesiva es, como piensa la mayoría de quienes aquí están, una noción estructurante que puede expresarse aproximadamente así. ¿Qué es un obsesivo? En suma, es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto. El juego al que se entrega es una forma de ponerse a resguardo de la muerte. Se trata de un juego viviente que consiste en mostrarse invulnerable. Con este fin, se consagra a una denominación que condiciona todos sus contactos con los demás. Se le ve en una especie de exhibición con la que trata de mostrar hasta dónde puede llegar en ese ejercicio, que tiene todas las características de un juego, incluyendo sus características ilusorias, es decir, hasta dónde puede llegar con los demás, el otro con minúscula, que es solo su alter ego, su propio doble. Su juego se desarrolla delante de Otro (con mayúsculas) que asiste al espectáculo. Él mismo es solo un espectador, y en ello estriba la posibilidad misma del juego y del placer que obtiene. Sin embargo, no sabe qué lugar ocupa, esto es lo inconsciente que hay en él. Lo que hace lo hace a título de coartada. Esto si lo puede entrever, se da perfecta cuenta de que juego no se juega donde él está, y por eso casi nada de lo que ocurre tiene para él verdadera importancia, lo cual no significa que sepa desde donde ve todo esto.  


Bibliografía


S. Freud. - Las neuro psicosis de defensa (1894) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 41. Buenos Aires 

S. Freud. - Obsesiones y fobias (1895) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 61. Buenos Aires

S. Freud. - Manuscrito K (Correspondencia con Flíess) (1950 a) (1985) Obras Completas Orbis Vol. XIX.  Barcelona

S. Freud. - Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896) Obras Completas.  Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 157. Buenos aires

S. Freud. - La sexualidad en la teoría de las neurosis (1898) Obras completas. Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 251. Buenos Aires

S. Freud. - Acciones obsesivas y prácticas religiosas (1907) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. IX, Pág. 97. Buenos Aires

S. Freud. - Carácter y erotismo anal (1908) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. IX, Pág. 149 Buenos Aires

S. Freud. - A propósito de un caso de neurosis obsesiva (El hombre de las ratas) (1909) Obras completas. 
Amorrortu Editores Vol. X, Pág. 119. Buenos Aires

S. Freud. - La predisposición a la neurosis obsesiva (1909) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XII, Pág. 329. Buenos Aires

S. Freud. -  De la historia de una neurosis infantil- Sección VI (1918 b) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XVII, Pág. 1. Buenos Aires

S. Freud. -  Paralelo mitológico de una representación obsesiva plástica (1916 b) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XIV, Pág. 344. Buenos Aires

S. Freud. - Sobre la trasposición de la pulsión, en particular del erotismo anal (1917 c) Obras Completas. Orbis Vol. XI Barcelona

S. Freud. - Lecciones introductorias al Psicoanálisis 17ª conferencia. El sentido de los síntomas (191617) Obras Completas. Orbis Vol. XII. Barcelona

S. Freud. - Inhibición síntoma y angustia, capítulos V y VI (1926 d) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XX, Pág. 106. Barcelona

J. Lacan. -  Seminario IV La relación de objeto. Las tres formas de la falta de objeto. Pág. 29 Paidós. Buenos Aires

J. Lacan. - Seminario VIII La transferencia. La presencia real Págs. 292-3 El falo en la histeria y en la obsesión. Paidós. Buenos Aires

J. A. Miller. - El hueso de un análisis. Tres haches. Buenos Aires

J. D. Nasio. - El dolor de la histeria. Paidós. Psicología profunda. Buenos Aires

Denise Lachaud. -  El infierno del deber. El discurso del obsesivo. Ediciones del Serval. Barcelona

Laura Vacarezza. - El trabajo analítico.  Editorial Síntesis. Barcelona    

Fernando Reyes
              

lunes, 7 de agosto de 2017

Falta de autoestima

El eros es lo único que da la vida al organismo. Eso se puede decir también de la sociedad. El narcisismo exagerado la desestabiliza.
Esa falta de autoestima que es la causante de autolesiones, lo que se da en llamar conducta autolesiva, apunta a una crisis general de gratificación en nuestra sociedad. Yo no puedo producir por mi mismo el sentimiento de autoestima. en efecto, el otro me resulta imprescindible en cuanto instancia de gratificación que me ama, me encomia, me reconoce y me aprecia. El aislamiento narcisista del hombre, la instrumentalización del otro y la competencia total destruyen el clima de gratificación. Desaparece la mirada que confirma y reconoce. Para una autoestima estable me resulta imprescindible la noción de que soy importante para otros que me aman. Esa noción podrá ser difusa, pero es indispensable para la sensación de ser importante. precisamente esa falta de sensación de ser es la causante de las autolesiones. La conducta autolesiva no solo es un ritual de autocastigo por esas insuficiencias propias que son tan típicas de la actual sociedad del rendimiento y la optimización, también viene a ser un grito demandando amor.
La sensación de vacío es un síntoma fundamental de la depresión y del trastorno límite de la personalidad o borderline. A menudo, quienes padecen trastorno límite de la personalidad no están en condiciones de sentirse a sí mismos. En general, solo cuando se autolesionan sienten algo. El sujeto que tras verse obligado a aportar rendimientos se vuelve depresivo representa para sí mismo una carga muy pesada. Está cansado de sí mismo. totalmente incapaz de liberarse de sí, se obsesiona consigo mismo, lo cual conduce paradójicamente al vaciamiento y a la merma del yo. Encapsulado y atrapado en sí mismo, pierde toda relación con lo distinto. Yo me puedo tocar a mí mismo, pero solo me siento a mí mismo gracias al contacto con el otro. El otro es constitutivo de la formación de un yo estable.
De la sociedad actual es característica la eliminación de toda negatividad. Todo se pulimenta y satina. Incluso la comunicación se satina hasta convertirla en un intercambio de complacencias. A sentimientos negativos como el duelo se les deniega todo lenguaje, toda expresión. Se evita toda forma de vulneración a cargo de otros, pero luego resurge como autolesión. También aquí se confirma esa lógica universal de que la expulsión de la negatividad de lo distinto acarrea un proceso de autodestrucción.

Estos párrafos están sacados de: Byung-Chul Han: La expulsión de lo distinto. Herder, 2017. Págs. 42-43
Libro del que recomiendo encarecidamente su lectura.

Fernando Reyes Díez

viernes, 17 de marzo de 2017

Las pequeñas dosis



Las pequeñas dosis. Para que una transformación se extienda todo lo posible y llegue hasta lo más profundo, hay que administrar el remedio en pequeñas dosis, pero ininterrumpidamente, a lo largo de un amplio período de tiempo. ¿Qué cosa que sea realmente grande puede crearse de un golpe? Nos guardaremos mucho de cambiar, precipitada y violentamente, las condiciones morales a las que estamos acostumbrados, ante una nueva valoración de las cosas; por el contrario, deseamos seguir viviendo así mucho tiempo, hasta que advirtamos —quizá muy tarde— que la nueva valoración ha acabado siendo dominante en nosotros, y que las pequeñas dosis, a las que nos tenemos que acostumbrar a partir de ese momento, han producido en nosotros una segunda naturaleza. De esta forma, empezamos a darnos cuenta de que el instinto definitivo de llevar a cabo un gran cambio en las valoraciones relativas a las cuestiones políticas —esto es, la gran revolución— no fue más que una patética y sangrienta charlatanería, que, en virtud de crisis repentinas, supo inculcar en la crédula Europa la esperanza de una curación súbita, lo cual ha hecho que todos los enfermos políticos se vuelvan impacientes y peligrosos.

Nietzsche, Aurora, aforismo 534.

En mi pequeña aportación a este aforismo de Nietzsche diré: ¿Qué otra cosa es el psicoanálisis sino un remedio administrado en pequeñas dosis, pero ininterrumpidamente, a lo largo de un amplio periodo de tiempo? De lo que no hay duda es de que produce en nosotros una segunda naturaleza...

Fernando Reyes