lunes, 6 de abril de 2020

Oblomovismo

Empiezo a escribir esta entrada, sin tener todavía pensado el título. Me han venido a la cabeza varias ideas: Confinamiento, asociación libre, oblomovismo (luego explico por qué esta última). Lo primero que hago cuando entro en el blog es mirar cómo van las visitas a la última entrada que publiqué. Si son pocas me digo, vaya no ha gustado mucho o en fín se ve que el tema no le interesa a nadie o a muy poca gente. Veo también que los temas que más interesan son los que se titulan: falta de autoestima o terapia de pareja y otros parecidos. Son estos títulos los que busca la gente, ¿porqué? me pregunto, y añado, cada uno tendrá sus razones...
En un blog que está dentro de la página web de un psicoanalista, es de suponer que se encuentren temas relacionados con malestares y síntomas; de ahí mi denuedo por escribir sobre eso. Cuando me salgo del guión, nadie quiere saber nada.
Los tiempos de confinamiento que estamos viviendo me están haciendo reflexionar sobre muchas cosas, por ejemplo, qué ha pasado con el tiempo, con nuestro tiempo. Parece que ahora tenemos más tiempo que nunca... ¿es eso cierto?
Mantengo el contacto con algunos profesores de instituto y todos me dicen: "ahora con esto del teletrabajo tengo mucho más trabajo que antes, es como si no se pudiera dejar un resquicio, como si no pudiera haber un rato de descanso, mis alumnos se quejan", y yo respondo "claro, antes había recreo, incluso alguien podía fumarse una clase, hacer unas pellas (borota), que se dice por mi tierra, ahora se puede pasar de conectarse al ordenador para seguir una clase o un protocolo de gimnasia, pero... estamos seguros de que se puede hacer, sin sentirse culpable por estar desconectado y por no enterarse de lo que se está hablando y por no seguir las indicaciones de todo el mundo de "quédate en casa, pero aprovecha el tiempo, no hagas el vago". Aquí es donde encaja la palabra oblomovismo. Oblómov, es un personaje de Iván A. Goncharov, que dá título a su novela del mismo nombre, Oblómov. tengo una edición, la sexta del 2018, de Alba Clásica. Empecé a leerlo antes de que se decretara la " Alarma Sanitaria" (Como odio estas dos palabras, cuando van juntas) Me está costando... no sé si es por la sensación de tedio que lleva implícita esta situación de no poder hacer casi nada que no sea "esencial" o si es porque verdaderamente, el personaje es uno de los más raros que me he echado a la cara. Por resumir, Oblómov es un hombre que se pasa el día entero recostado en su diván (como si estuviera en una permanente sesión de psicoanálisis, que no termina nunca, se imaginan el horror) Un criado, le viste le lava le peina y le trae el desayuno y la comida y la cena, para que su señor no tenga que moverse, si el criado hace algún intento de que su señor se mueva, simplemente para leer una carta que le ha llegado o para estampar su firma en un documento, éste, el criado es despedido de la estancia con cajas destempladas. Oblómov tiene un amigo alemán, Shtolz, que es, por decirlo así, la otra cara de la moneda, un hombre activo, que no para de asistir a eventos y a reuniones y de planear y realizar viajes, de acá para allá, es él, Sholtz, quien inventa este término de oblomovismo, que intenta recoger la peculiaridad del carácter de su amigo, inmovilista. En el capítulo V, parece ser que Sholtz, va a convencer a Oblómov de que tiene que salir de casa y empezar una vida nueva de actividad. "Ahora o nunca", le dice... voy a ver que pasa en las siguientes páginas.
He aquí el dilema, moverse a toda costa o quedarse quieto sin hacer nada. 
En el capítulo IV, se recogen unas reflexiones de Oblómov sobre esta sociedad de la apariencia, que no tienen desperdicio, si me animo, en una próxima entrada recogeré algún párrafo, pero no prometo nada, porque primero tendré que decidir si me levanto del diván en el que estoy recostado o doy un par de vueltas más antes de ponerme a escribir. Creo que voy a titular esta entrada: oblomovismo, ya lo he decidido... con el trabajo que cuesta ahora tomar decisiones que no sean, "me voy a dar una vuelta"... ¿en el diván?.
Dedico esta entrada a Naiara, aunque no la vaya a leer, ella no es profesora es alumna y también tiene mucho trabajo (desde casa, claro). 

Fernando Reyes

jueves, 19 de marzo de 2020

La necesidad del otro

Escribo otro con minúscula, aunque en al ámbito del psicoanálisis, se tiende a escribir con mayúscula para referirse a ese otro en general, lo que se llegó a llamar el gran otro. Esa madre nutricia en primer lugar. O quien haga sus funciones. Ese otro, sea quien sea, que nos sostiene. Cuando un niño nace no ve, todavía, (al menos con la nitidez que llega a alcanzar un poco de tiempo después) pero si huele, oye, nota el contacto de la piel y por supuesto nota el pecho en su boca. Lo que dice Freud de este primer contacto es que además de ser un momento alimenticio, también es, por decirlo así, la inauguración de la pulsión oral, para decirlo sencillamente la erotización de la boca. Me atrevo a decir que este es el punto inaugural de la erotización del resto del cuerpo. Aunque si se piensa bien lo primero que le ocurre al bebe es que le limpian el ano y los genitales, es posible que las sensaciones de alivio y de placer empiecen por ahí. Todo esto son especulaciones porque también se sabe que el tono de la voz del padre y de la madre, de las personas que dan la bienvenida, son importantísimos para el bebe. Insisto, especulaciones. ¡Cómo vamos a saber lo que acontece en la vida de ese ser humano recién nacido sin equivocarnos!
Parece que lo que sí sabemos es que cuando a un niño le faltan todas esas cosas, esa bienvenida, ese acogimiento dentro de un entorno amable y cálido, exhibe toda una colección de síntomas y de malestares. Solo hay que fijarse en los niños que están en los orfanatos; que han sido abandonados, por negligencia o por imposibilidad de los padres de mantenerlos y educarlos, a las procelosas manos de un destino incierto.
En cualquier caso, todo este circunloquio, bastante mal hilvanado, por cierto, me sirve como introducción para abordar lo que pretende ser el tema de la entrada "La necesidad del otro".
Insisto en escribirlo con minúscula, por que ese otro, son nuestros otros. Padres, madres, hijos, parejas, amigos, hermanos, compañeros de trabajo, tenderos que nos abastecen diariamente de todo lo que necesitamos para sobrevivir, y una cantidad infinita de personas sin las cuales, caemos en el desamparo.
En la situación actual de alarma y de aislamiento de confinamiento, de reclusión, es en la que verdaderamente nos damos cuenta de lo importantes que son todos aquellos que nos sostienen cotidianamente. No poder darnos la mano, no poder darnos un beso cuando nos encontramos con un amigo por la calle. Ahora, si es que vemos a alguien conocido por la calle, tenemos que hacerle una seña desde el otro lado de la acera. Tener que perder de vista a la cajera del supermercado, porque al tener hijos pequeños, le han recomendado, sugerido, obligado a quedarse en casa por que es población vulnerable. Y no poder decirle ¿Cómo estás Vanessa? Bien y ¿Tu que tal? Ver a las panaderas que nos atienden con mascarilla detrás de unos plásticos que cubren toda la extensión del mostrador, que nos dan el pan con guantes y que nos cogen el dinero que previamente hemos depositado en un plato. Y casi no poder preguntar ¿Hola Natalia, cómo estás? bien y ¿Tu que tal Fernando. O el frutero y la frutera que están en una situación parecida. Creo que en esta situación somos como niños desamparados. Porque entrar en sitio y ver a los otros, ¿quien es el último? ¿quien da la vez? es fundamental para nuestra vida. 
Quiero dedicar esta entrada a Natalia, mi panadera, a Maica, mi frutera, a Jose, mi carnicero, a Vanessa, mi cajera del supermercado, a Yolanda, mi quesera. Pongo mis, porque son míos. Y por supuesto a mis estimadísimas del grupo de reflexión sobre psicoanálisis, Judith, Natalia, Marian y Paula.

Fernando Reyes


lunes, 9 de marzo de 2020

El caos de los recuerdos

Me van a permitir que tome prestado un párrafo (un poco largo, pero muy interesante), del maravilloso libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco, Que edita Siruela Biblioteca de Ensayo, 5ª edición: enero de 2020. El párrafo está en la página, 313. Vaya por delante que, Juan José Millás, en su columna de EL País, de uno de estos viernes atrás (no recuerdo la fecha) recomendó la lectura de este libro, por considerarlo uno de los mejores libros que se habían publicado últimamente. Lo compré y lo leí. El libro me ha parecido una maravilla, entonces, después de este preámbulo voy al texto de Irene:

 "El caos de las librerías se parece mucho al caos de los recuerdos. Sus pasillos, sus anaqueles, sus umbrales son espacios habitados por la memoria colectiva y por las memorias individuales. Allí tropezamos con biografías, con testimonios y con largos estantes de ficciones donde los escritores desnudan la verdad de muchas vidas. los lomos gruesos de los libros de , historia, como camellos de una lenta caravana, nos ofrecen guiarnos en la ruta hacia el pasado. Investigaciones, sueños, mitos y crónicas dormitan juntos en la misma penumbra. El azar de un encuentro o de un rescate es siempre posible.
 No es casual que en Austerlitz, de W. G. Sebald, el protagonista recupere el recuerdo suprimido de su niñez precisamente en una librería. Criado en un pequeño pueblo de Gales por unos ancianos padres adoptivos que nunca le revelaron su procedencia, Jacques Austerlitz arrastraba desde siempre una tristeza inexplicable. Como un sonámbulo que tiene su propio despertar, durante años se había cerrado a cualquier conocimiento de la tragedia de la cual su propia vida era un capítulo arrancado. No leía periódicos, encendía la radio sólo a horas determinadas, perfeccionaba un sistema de cuarentena que lo mantenía a salvo de cualquier contacto con su historia anterior. pero ese intento de inmunizarse contra la memoria venía acompañado de alucinaciones y sueños angustiosos, y finalmente estalló en forma de derrumbamiento nervioso. Cierto día de primavera en Londres, durante uno de sus abatidos paseos por la ciudad, entró en una librería en las proximidades del Museo Británico. La propietaria, que estaba sentada en posición ligeramente ladeada junto a su escritorio cargado de papeles y libros, respondía al mitológico nombre de Penélope Peacefull . Y es que, sin saberlo, el viajero reticente acababa de encontrar el camino de regreso a Ítaca.
 Reinaba la calma en la librería. Penélope levantaba de vez en cuando la cabeza, sonreía a Jacques y luego volvía a mirar a la calle, sumida en sus pensamientos. De la vieja radio encendida brotaban voces chisporroteantes pero suaves, que cautivaron al recién llegado. Poco a poco éste fue quedándose inmóvil, como si no pudiera perderse ni una sílaba de aquella emisión. Dos mujeres recordaban cómo, en el verano de 1939, siendo niñas, las habían enviado a Inglaterra desde Centroeuropa para salvarlas de la persecución nazi. Austerlitz, aterrorizado, supo que los recuerdos fragmentarios de esas mujeres eran también los suyos. De golpe volvió a ver el agua gris del puerto, las sogas y cadenas del ancla, la proa del buque, más alta que una casa, las gaviotas que sobrevolaban su cabeza chillando furiosamente. Las esclusas de su memoria se abrieron ya sin remedio, liberando una catarata de certezas angustiosas. Que era un refugiado judío, Que su primera infancia transcurrió en Praga. Que a los cuatro años fue separado para siempre de su familia verdadera. Que el resto de su vida consistiría en buscar - casi seguro inútilmente - el rastro de todas sus pérdidas.
 -¿Se encuentra bien? - preguntó la librera Penélope, preocupada por su gesto petrificado.
 Austerlitz supo por fin el motivo de haberse sentido siempre un transeúnte en todas partes, sin tierra ni brújula, solitario y perdido.
 A partir de esa mañana en la librería, seguimos al protagonista en su deambular por una dolorosa ruta de ciudades europeas, rastreando la identidad que le arrebataron. Se suceden una serie de epifanías. Jacques consigue reconstruir la figura de su madre, una actriz de variedades asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt. En Praga encuentra a una vieja amiga de sus padres, con la que se entrevista. Recupera fotografías antiguas. Examina a cámara lenta un documental propagandístico de los nazis, buscando un rostro de mujer que hiera su memoria. Acude a lugares donde reverberan ecos: a bibliotecas, a museos, a centros de documentación, a librerías. La novela es en el fondo una loa de esos territorios donde se conjura el olvido.
 En la obra de Sebald, la proporción de ficción y no ficción acostumbra a ser una incógnita. Tenemos la impresión de que sus criaturas proceden de zonas fronterizas entre ambas. Aunque ignoramos si el melancólico Austerlitz es un individuo real o un símbolo, caminamos a su vera, interpelados por el espanto y la tristeza de sus palabras. Sea como sea, queda claro que el escritor, como su personaje, necesita dejar testimonio de una época infernal que se está desvaneciendo como niebla dispersada por el viento. El dolor que atraviesa la historia no se puede reparar, los vacíos son imposibles de llenar, pero la tarea de documentarse y testificar nunca será en vano. El incesante olvido engullirá todo, a no ser que le opongamos el esfuerzo abnegado de registrar lo que fue. Las generaciones futuras tienen derecho a reclamarnos el relato del pasado.
 Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida"

 Una de las premisas del psicoanálisis es la sugerencia que se hace a quien decide emprenderlo, de intentar el recuerdo, la escritura en palabras de la propia biografía. Hay quien dice que no tiene recuerdos (lo que es imposible) o quien dice que tiene la memoria de un pez (no sé muy bien que quiere esto decir ¿que no tiene memoria?), es posible que tengamos recuerdos borrosos, incluso algunos falsos. Néstor Braunstein, en su trilogía sobre la memoria titula uno de sus volúmenes: "La memoria, la inventora" y otro lo titula "Memoria y espanto" y el tercero "La memoria del uno, la memoria del Otro", publicados en Siglo XXI.

 Néstor sugiere que hay que recordar para olvidar y recordar para no repetir. La regla fundamental del psicoanálisis que es la asociación libre: "decir todo lo que nos venga a la cabeza" es la manera de propiciar el recuerdo. La memoria es asociativa... una cosa lleva a otra.

Gracias a Irene Vallejo por escribir este libro maravilloso: "El infinito en un junco" en que has recogido en este apartado lo que significa para la vida de una persona la posibilidad de recuperar sus recuerdos.

También quiero agradecer y dedicar esta entrada a Judith, Natalia, Marian y Paula. Que me han animado a seguir escribiendo. Que es tanto como decirme que... "¡no me olvide de escribir!"

Fernando Reyes
  


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Una vuelta más de tuerca sobre la autoestima

La palabra viene a significar "quererse  sí mismo", pensándolo bien uno dice..." pues vaya tontería como no voy a quererme a mí mismo, si eso es la cosa más fácil del mundo". Se hacen incluso chistes: "No me doy un beso porque no me llego" y cosas por el estilo. Y los amigos cuando le ven a uno triste le dicen, "pero qué te pasa hombre con lo majo que eres tu, vamos hombre anímate. O las amigas, "pero chica porqué estás tan triste, si lo tienes todo... si no tienes de qué quejarte, ¡hala venga ánimo!. Y el uno y la otra con la mirada fija en el horizonte como si no fuera con ellos, como si no escucharan, con la mirada perdida."Sí, sí, ya, ya. Pero si yo estoy bien, si no me pasa nada" y en su fuero interno aparecen ideas tales como, "pero qué hago yo aquí, para qué sirvo, qué es esto de la vida,... quizá hubiese sido mejor no haber nacido, o quizá sería mejor que me muriera". Todas estas ideas de ruina, de catástrofe, de derrota, no pueden airearse así como así. Nuestros próximos se asustan, ven que nos pasa algo pero ni ellos ni nosotros sabemos decir qué es.
Si me voy un poco a la teoría tengo que decir que hay un postulado que reza: "La angustia no es sin objeto" para enunciarlo un poco más comprensible yo lo diría así; "cuando nos angustiamos es por algo" aunque a veces, ese algo resulte enigmático o totalmente desconocido. Eso puede ser una tontería o incluso una idea. La mayor parte de las veces es una idea, o son muchas ideas y todas relacionadas con el miedo a vivir. Enfrente está el vacío.
El psicoanálisis ofrece una alternativa a los tratamientos medicamentosos. No es la única. Pero a mí me parece válida. No voy a decir que sea la mejor, pero es buena. Y ¿de qué se trata? Pues se trata simplemente de hablar. Siguiendo la regla fundamental del psicoanálisis que es: diga todo lo que se le ocurra, todo aquello que le venga a la cabeza y trate de no censurar ninguno de sus pensamientos.
Entonces en ese practicable que es el gabinete del o de la, psicoanalista, es donde pueden y deben desplegarse todas esas ideas, todos esos pensamientos que no pueden ser expresados en ningún otro sitio. La escucha psicoanalítica, que es una atención flotante, que quiere decir escuchar más allá de lo anecdótico del relato, nos ayuda a desentrañar el enigma. Nuestro propio enigma.
Gracias por la atención que me prestan quienes tienen la deferencia de leer lo que escribo.
Fernando Reyes 

jueves, 8 de agosto de 2019

El psicoanalista

El psicoanalista no es un terapeuta al uso: cuando pensaba en publicar esta entrada no encontraba un título, ni sabía muy bien de qué hablar. Este no saber muy bien de qué hablar es lo que sucede a quien consulta con un psicoanalista para ir a contarle sus malestares. Puesto que este psicoanalista lo que le va a proponer a quien le ha llamado y ha concertado la cita es que diga todo lo que se le ocurra. Le va a proponer lo que se conoce como la regla fundamental del psicoanálisis es decir: la Asociación Libre; lo escribo con negrita porque esta práctica es fundamental. Pero bien mirado, no es otra cosa que lo que hacemos cuando damos rienda suelta a nuestros pensamientos en una reunión de amigos. O en un club de lectura. Es imposible hablar, incluso de política sin que se trasluzca algo de lo personal, también lo escribo con negrita porque es, así mismo, lo que no cesa de llamar a la puerta. Permítaseme esta metáfora para no recurrir a términos teóricos que no harían sino enturbiar lo que intento transmitir. En cierta ocasión una paciente me preguntó ¿se puede mentir al psicoanalista? y yo le respondí que sí; ella de inmediato hizo esta reflexión: ¡claro pero si le miento a usted, sería como mentirme a mi misma!
¡Diga lo que se le ocurra! tiene siempre un efecto de verdad, tanto sobre lo que se dice como sobre lo que se calla; si no voy a decir la verdad, ¡entonces para qué vengo! sería la siguiente conjetura. Otra cosa es que esta verdad se pueda decir o se pueda escuchar fácilmente.
Si se va a conformar quien consulta con hablar de sus síntomas y de sus malestares, aunque empiece por eso, perderá la oportunidad de ampliar el campo de visión. Viene de suyo que después de haber dicho: me duele la cabeza o tengo ansiedad (angustia decimos los psicoanalistas) ya no se nos ocurra decir nada más, aunque se esté pensando...(ahora dígame, usted que es el experto, qué hago para que se me pase) y este sea un pensamiento dirigido a este que se sienta enfrente. Perdonen que no haga estas cosas que se hacen ahora de poner todo el rato ellos y ellas. El psicoanalista no tiene género, así que me vale igual para los efectos que sea hombre o que sea mujer. Hay quien ha probado las dos cosas y quien tiene su preferencia.
Para no hacer esta entrada interminable (se ve que hace tiempo que no escribía y por eso me estoy explayando) solo añadir que es este no quedarse en la demanda de ¡cúreme usted que es el experto! lo le confiere al psicoanalista su carácter especial. Es entonces cuando aparece la idea de que quien consulta con un psicoanalista, un futuro o posible analizante, este es un término que acuñó Lacan, para desproveer al término paciente de todo sentido, está directa y profundamente implicado, en sus malestares. Hay quien está dispuesto a aceptar el reto y sigue hasta el final. Hay quien no y entonces se marcha por donde ha venido más o menos decepcionado.
En esta .época de prisas y de fármacos, muy poca gente quiere tomarse el tiempo y aceptar el reto, pero créanme, merece la pena, y si no... pregunten a quien lo haya hecho.

Fernando Reyes 

jueves, 22 de noviembre de 2018

Desde que nacemos


Desde que nacemos[1]

La influencia efectiva de la sociedad sobre el individuo comienza, si no antes, con el nacimiento; así pues, desde el día mismo en que tiene lugar éste. No es nuestra intención dilucidar aquí lo que la salud de la madre, la alimentación y el cuidado del niño significan para su futuro físico y psíquico. Todo esto depende en gran medida de la riqueza del país, del nivel alcanzado por la ciencia, del nivel social de los padres. Tras los primeros meses se convierte en decisivo algo de lo que todos hablan, pero pocos describen con alguna exactitud: el amor maternal. Un amor que no consiste en el sentimiento, pero tampoco simplemente en la reflexión, que debe encontrar su expresión adecuada. El bienestar del niño y la confianza que puede tener en las personas y cosas de su entorno dependen ampliamente de la amabilidad serena, y a la vez fluida, del calor y de la sonrisa de la madre o de la persona que ocupa su lugar. La indiferencia y la frialdad, los gestos abruptos, el desasosiego y la desgana de quien lo cuida pueden perturbar para siempre la relación del niño con los objetos, con los hombres y con el mundo; pueden, en fin, dar lugar a un carácter frío, incapaz de reacciones espontáneas. Esto es algo que se sabía ya en la época del Émile de Rousseau, de John Locke, e incluso antes; pero solo hoy se empieza a comprender el nexo en sus elementos, y no se precisa de la sociología para poder percibir ya que la madre oprimida por preocupaciones y negocios externos ejerce una influencia distinta a la deseada. En el primer año de vida, antes de ser capaz de reflexionar y de distinguir entre sí mismo y el entorno, la persona es determinada ya en muy alto grado socialmente hasta en matices de su ser que no se desarrollarán sino mucho después. Incluso los sentimientos se aprenden. Entre las capacidades que todo ser, en cuanto ser biológico, lleva consigo, figura la de amoldarse y ajustarse, la mímesis. Gestos y ademanes, el tono de la voz, el modo de andar, todo ello toma cuerpo en el niño como eco de la expresión de adultos queridos y admirados. Las reacciones anímicas son adquiridas, si no en lo que afecta a su contenido, sí en su forma; y si la rígida separación en el análisis de una obra de arte lleva ya al error, tanto más ocurre eso mismo en la interpretación de los sentimientos humanos. Duelo y felicidad, el respeto y la devoción dados y recibidos, el recelo y la entrega surgen paralelamente a la representación de gestos y ademanes, puesto que <>, como dice Goethe. Lo que con tanta facilidad se registra como marca anímica se retrotrae en parte decisiva a impresiones y reacciones de la primera infancia, y es reforzado y modificado luego por las circunstancias y acontecimientos de los años posteriores. Que uno esté centrado en la validez y estima del propio yo o que sea capaz de desarrollar un vivo interés por lo que le rodea y entregarse a personas y cosas, la profundidad y superficialidad de la sensación e incluso del pensamiento, todo ello no es un simple hecho natural, sino un resultado histórico. La posición social de los padres, las relaciones que mantienen entre sí, la estructura interior y exterior de la familia y, de modo mediado, la constitución de la época, globalmente considerada, desempeñan ahí un papel. El carácter de un individuo no resulta menos determinado por el tiempo, el lugar, las circunstancias políticas, la libertad o la esclavitud y su religión. Con harta claridad ha formulado la filosofía clásica alemana la no autonomía del ser individual singularmente considerado.

Respecto de éste (para el individuo singular) resultan necesarias… todavía otras realidades, que aparecen igualmente como especialmente existentes para sí; solamente junto a ellas y en su relación se realiza el concepto. El individuo singular para sí no corresponde a su concepto…[2]   

Dicho con otras palabras, solo en relación con el todo al que pertenece y en el contexto del mismo, es real el individuo. Sus determinaciones esenciales, carácter e inclinaciones, profesión y comprensión del mundo, surgen de la sociedad y su destino en ella. En qué medida la sociedad existente en cada caso corresponda al propio concepto, y con ello a la razón, no es cosa concertada de antemano, por supuesto.




[1] El texto que se incluye a continuación está tomado en su totalidad de: Max Horkheimer, Sociedad, razón y libertad. Traducción e introducción de Jacobo Muñoz. Editorial Trotta. Madrid 2005. Págs. 28-29.   
[2] G. W. F. Hegel, Enzyklopädie, I, 213 (trad. cast. de R. Valls Plana, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Alianza, Madrid, 2005.     

lunes, 15 de octubre de 2018

El cártel, una modalidad de trabajo dentro del psicoanálisis

Me ha parecido interesante incluir aquí la dinámica de trabajo de un cártel psicoanalítico. Haciéndolo después de presentar el texto que dio como resultado y que se incluye en la anterior entrada, sobre la neurosis obsesiva. Espero que sea de su interés.


Notas sobre el Cártel y su dinámica:


  
La primera cuestión fue dilucidar cómo trabajar, en la que estaba incluida por qué trabajar y que trajo consigo en qué trabajar.
             
Casi sin haber contestado a la primera, cómo trabajar, surgió de inmediato la segunda, aunque parecía que al principio nadie se la había planteado.

Parecíamos compartir la idea de que el trabajo es ineludible y que, si se está entregado a la práctica del psicoanálisis, tampoco se debe descuidar la teoría. Así que la asistencia a conferencias, seminarios, jornadas, se daba por hecho, pero quizá lo novedoso estaba en que pretendíamos participar en un Cártel, que, por decirlo así, era la única cosa que, dentro de las posibilidades de trabajo, nos quedaba por hacer.
             
 En ese momento, se revisó el fascículo de psicoanálisis en el que, entre otros, se publicaba un artículo de J. A. Miller: Cinco variaciones sobre el tema de la elaboración provocada (Lógica del cártel) (11/12/1986)

   Lo más destacable de nuestras preguntas sobre el asunto giró en torno a la dinámica del Cártel, el lugar o la función del más uno. No es el lugar del Sujeto Supuesto al Saber.

 Dice Miller en su artículo que la función del más uno es hacer agujeros en las cabezas. Parece querer decir que el más uno tiene que suscitar aquellas cuestiones que puedan plantearse como dudosas como enigmáticas, como interrogantes, y colocarlas encima de la mesa para que, en la medida de lo posible sean resueltas a través de la realización del propio trabajo. Pero la elección del tema no era tampoco una de sus funciones, por eso en un momento inicial del trabajo el resto de los integrantes del Cártel nos reunimos en un aparte para decidir sobre el asunto.

 La palabra Cártel sugiere cosas, Tuvimos en cuenta etimologías, no solo de esta palabra sino de muchas otras, que suscitaban discursos y asociaciones. La palabra sugirió “trust” (vocablo inglés) que significa confiar; pacto de no-agresión; elaboración. 

 Repaso al Seminario XVII de Lacan El Reverso del Psicoanálisis en el que se habla de los Cuatro Discursos, porque Miller en su artículo sobre el Cártel, ya mencionado, alude a los Cuatro Discursos para ubicar las cuatro circunstancias que, se dan en la situación del Cártel: Provocación, elaboración, evocación y producción.
             
También se trataba de saber qué hacer con lo producido una vez que lo estuviera y, además, de qué tipo tenía que ser el producto. El producto tendría que ser un texto, un texto elaborado por cada uno de los componentes, que recogiese lo aprendido, lo sabido, lo averiguado, sobre el tema en cuestión a lo largo de todo el trabajo del Cártel; sobre qué hacer con el producto, en el artículo de Miller también se dice que hay que ponerlo “a cielo abierto”. Se aclaró el concepto y se dijo que quería decir que el texto se leería en uno de los seminarios de la tarde.
             
Hubo dudas sobre otros aspectos que fueron convenientemente aclaradas, por ejemplo, si había que aportar algo a la teoría psicoanalítica, se dijo que no, que bastaba con ordenar algunas ideas sobre lo que sabía Freud y lo que sabía Lacan. Una última duda al respecto de si iba a ser el propio Cártel el objeto de nuestro estudio o el tema debía ser otro, y lo estudiado hasta el momento era sólo con el único objeto de conocer la dinámica de funcionamiento. La cuestión era la segunda, puesto que el objeto de este Cártel es la Clínica de la Neurosis Obsesiva, aunque la duda tenía su fundamento porque existen o han existido Cárteles cuyo objeto de estudio es el propio Cártel, no nos pareció de mucho interés hacer un Cártel sobre el Cártel.



 Se acordó que el resto de los componentes del Cártel, a parte del más uno, nos reuniéramos para elegir el tema sobre el que íbamos a concentrar los esfuerzos de nuestro trabajo. En esto no hubo demasiadas discrepancias, en poco tiempo estuvimos de acuerdo en elegir tema la Clínica de la Neurosis Obsesiva. Nos parecía que la Neurosis Obsesiva tenía un abordaje terapéutico difícil y nos interesaba aproximarnos de la mejor manera posible.

 También hay que añadir que el concepto de neurosis que manejamos hoy en día no es el mismo que manejaba Freud. Al menos en sus primeros tiempos, un neurótico era un enfermo, existiendo también una categoría de sujetos “normales”. Nosotros decimos que somos neuróticos, parece que a partir de Lacan, para distinguir la neurosis de la psicosis, es decir que también hay sujetos psicóticos, pero la categoría de normal quedaría hoy identificada a los sujetos que no sufren de su neurosis, o más bien cae en desuso desde el punto de vista del psicoanálisis, porque en el discurso psicológico, el universitario, si tendría cabida esta categoría de lo “normal” como término contrapuesto a lo “patológico” estos términos, que como sabéis,  se toman del modelo médico. La perversión quedaría como una entidad clínica aparte de la que se sabe poco, y la fobia como esa especie de plataforma giratoria entre histeria y obsesión.

Fernando Reyes