jueves, 22 de noviembre de 2018

Desde que nacemos


Desde que nacemos[1]

La influencia efectiva de la sociedad sobre el individuo comienza, si no antes, con el nacimiento; así pues, desde el día mismo en que tiene lugar éste. No es nuestra intención dilucidar aquí lo que la salud de la madre, la alimentación y el cuidado del niño significan para su futuro físico y psíquico. Todo esto depende en gran medida de la riqueza del país, del nivel alcanzado por la ciencia, del nivel social de los padres. Tras los primeros meses se convierte en decisivo algo de lo que todos hablan, pero pocos describen con alguna exactitud: el amor maternal. Un amor que no consiste en el sentimiento, pero tampoco simplemente en la reflexión, que debe encontrar su expresión adecuada. El bienestar del niño y la confianza que puede tener en las personas y cosas de su entorno dependen ampliamente de la amabilidad serena, y a la vez fluida, del calor y de la sonrisa de la madre o de la persona que ocupa su lugar. La indiferencia y la frialdad, los gestos abruptos, el desasosiego y la desgana de quien lo cuida pueden perturbar para siempre la relación del niño con los objetos, con los hombres y con el mundo; pueden, en fin, dar lugar a un carácter frío, incapaz de reacciones espontáneas. Esto es algo que se sabía ya en la época del Émile de Rousseau, de John Locke, e incluso antes; pero solo hoy se empieza a comprender el nexo en sus elementos, y no se precisa de la sociología para poder percibir ya que la madre oprimida por preocupaciones y negocios externos ejerce una influencia distinta a la deseada. En el primer año de vida, antes de ser capaz de reflexionar y de distinguir entre sí mismo y el entorno, la persona es determinada ya en muy alto grado socialmente hasta en matices de su ser que no se desarrollarán sino mucho después. Incluso los sentimientos se aprenden. Entre las capacidades que todo ser, en cuanto ser biológico, lleva consigo, figura la de amoldarse y ajustarse, la mímesis. Gestos y ademanes, el tono de la voz, el modo de andar, todo ello toma cuerpo en el niño como eco de la expresión de adultos queridos y admirados. Las reacciones anímicas son adquiridas, si no en lo que afecta a su contenido, sí en su forma; y si la rígida separación en el análisis de una obra de arte lleva ya al error, tanto más ocurre eso mismo en la interpretación de los sentimientos humanos. Duelo y felicidad, el respeto y la devoción dados y recibidos, el recelo y la entrega surgen paralelamente a la representación de gestos y ademanes, puesto que <>, como dice Goethe. Lo que con tanta facilidad se registra como marca anímica se retrotrae en parte decisiva a impresiones y reacciones de la primera infancia, y es reforzado y modificado luego por las circunstancias y acontecimientos de los años posteriores. Que uno esté centrado en la validez y estima del propio yo o que sea capaz de desarrollar un vivo interés por lo que le rodea y entregarse a personas y cosas, la profundidad y superficialidad de la sensación e incluso del pensamiento, todo ello no es un simple hecho natural, sino un resultado histórico. La posición social de los padres, las relaciones que mantienen entre sí, la estructura interior y exterior de la familia y, de modo mediado, la constitución de la época, globalmente considerada, desempeñan ahí un papel. El carácter de un individuo no resulta menos determinado por el tiempo, el lugar, las circunstancias políticas, la libertad o la esclavitud y su religión. Con harta claridad ha formulado la filosofía clásica alemana la no autonomía del ser individual singularmente considerado.

Respecto de éste (para el individuo singular) resultan necesarias… todavía otras realidades, que aparecen igualmente como especialmente existentes para sí; solamente junto a ellas y en su relación se realiza el concepto. El individuo singular para sí no corresponde a su concepto…[2]   

Dicho con otras palabras, solo en relación con el todo al que pertenece y en el contexto del mismo, es real el individuo. Sus determinaciones esenciales, carácter e inclinaciones, profesión y comprensión del mundo, surgen de la sociedad y su destino en ella. En qué medida la sociedad existente en cada caso corresponda al propio concepto, y con ello a la razón, no es cosa concertada de antemano, por supuesto.




[1] El texto que se incluye a continuación está tomado en su totalidad de: Max Horkheimer, Sociedad, razón y libertad. Traducción e introducción de Jacobo Muñoz. Editorial Trotta. Madrid 2005. Págs. 28-29.   
[2] G. W. F. Hegel, Enzyklopädie, I, 213 (trad. cast. de R. Valls Plana, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Alianza, Madrid, 2005.     

lunes, 15 de octubre de 2018

El cártel, una modalidad de trabajo dentro del psicoanálisis

Me ha parecido interesante incluir aquí la dinámica de trabajo de un cártel psicoanalítico. Haciéndolo después de presentar el texto que dio como resultado y que se incluye en la anterior entrada, sobre la neurosis obsesiva. Espero que sea de su interés.


Notas sobre el Cártel y su dinámica:


  
La primera cuestión fue dilucidar cómo trabajar, en la que estaba incluida por qué trabajar y que trajo consigo en qué trabajar.
             
Casi sin haber contestado a la primera, cómo trabajar, surgió de inmediato la segunda, aunque parecía que al principio nadie se la había planteado.

Parecíamos compartir la idea de que el trabajo es ineludible y que, si se está entregado a la práctica del psicoanálisis, tampoco se debe descuidar la teoría. Así que la asistencia a conferencias, seminarios, jornadas, se daba por hecho, pero quizá lo novedoso estaba en que pretendíamos participar en un Cártel, que, por decirlo así, era la única cosa que, dentro de las posibilidades de trabajo, nos quedaba por hacer.
             
 En ese momento, se revisó el fascículo de psicoanálisis en el que, entre otros, se publicaba un artículo de J. A. Miller: Cinco variaciones sobre el tema de la elaboración provocada (Lógica del cártel) (11/12/1986)

   Lo más destacable de nuestras preguntas sobre el asunto giró en torno a la dinámica del Cártel, el lugar o la función del más uno. No es el lugar del Sujeto Supuesto al Saber.

 Dice Miller en su artículo que la función del más uno es hacer agujeros en las cabezas. Parece querer decir que el más uno tiene que suscitar aquellas cuestiones que puedan plantearse como dudosas como enigmáticas, como interrogantes, y colocarlas encima de la mesa para que, en la medida de lo posible sean resueltas a través de la realización del propio trabajo. Pero la elección del tema no era tampoco una de sus funciones, por eso en un momento inicial del trabajo el resto de los integrantes del Cártel nos reunimos en un aparte para decidir sobre el asunto.

 La palabra Cártel sugiere cosas, Tuvimos en cuenta etimologías, no solo de esta palabra sino de muchas otras, que suscitaban discursos y asociaciones. La palabra sugirió “trust” (vocablo inglés) que significa confiar; pacto de no-agresión; elaboración. 

 Repaso al Seminario XVII de Lacan El Reverso del Psicoanálisis en el que se habla de los Cuatro Discursos, porque Miller en su artículo sobre el Cártel, ya mencionado, alude a los Cuatro Discursos para ubicar las cuatro circunstancias que, se dan en la situación del Cártel: Provocación, elaboración, evocación y producción.
             
También se trataba de saber qué hacer con lo producido una vez que lo estuviera y, además, de qué tipo tenía que ser el producto. El producto tendría que ser un texto, un texto elaborado por cada uno de los componentes, que recogiese lo aprendido, lo sabido, lo averiguado, sobre el tema en cuestión a lo largo de todo el trabajo del Cártel; sobre qué hacer con el producto, en el artículo de Miller también se dice que hay que ponerlo “a cielo abierto”. Se aclaró el concepto y se dijo que quería decir que el texto se leería en uno de los seminarios de la tarde.
             
Hubo dudas sobre otros aspectos que fueron convenientemente aclaradas, por ejemplo, si había que aportar algo a la teoría psicoanalítica, se dijo que no, que bastaba con ordenar algunas ideas sobre lo que sabía Freud y lo que sabía Lacan. Una última duda al respecto de si iba a ser el propio Cártel el objeto de nuestro estudio o el tema debía ser otro, y lo estudiado hasta el momento era sólo con el único objeto de conocer la dinámica de funcionamiento. La cuestión era la segunda, puesto que el objeto de este Cártel es la Clínica de la Neurosis Obsesiva, aunque la duda tenía su fundamento porque existen o han existido Cárteles cuyo objeto de estudio es el propio Cártel, no nos pareció de mucho interés hacer un Cártel sobre el Cártel.



 Se acordó que el resto de los componentes del Cártel, a parte del más uno, nos reuniéramos para elegir el tema sobre el que íbamos a concentrar los esfuerzos de nuestro trabajo. En esto no hubo demasiadas discrepancias, en poco tiempo estuvimos de acuerdo en elegir tema la Clínica de la Neurosis Obsesiva. Nos parecía que la Neurosis Obsesiva tenía un abordaje terapéutico difícil y nos interesaba aproximarnos de la mejor manera posible.

 También hay que añadir que el concepto de neurosis que manejamos hoy en día no es el mismo que manejaba Freud. Al menos en sus primeros tiempos, un neurótico era un enfermo, existiendo también una categoría de sujetos “normales”. Nosotros decimos que somos neuróticos, parece que a partir de Lacan, para distinguir la neurosis de la psicosis, es decir que también hay sujetos psicóticos, pero la categoría de normal quedaría hoy identificada a los sujetos que no sufren de su neurosis, o más bien cae en desuso desde el punto de vista del psicoanálisis, porque en el discurso psicológico, el universitario, si tendría cabida esta categoría de lo “normal” como término contrapuesto a lo “patológico” estos términos, que como sabéis,  se toman del modelo médico. La perversión quedaría como una entidad clínica aparte de la que se sabe poco, y la fobia como esa especie de plataforma giratoria entre histeria y obsesión.

Fernando Reyes

La neurosis obsesiva. Trastorno obsesivo compulsivo



Aportes a la clínica de la Neurosis Obsesiva


 Hoy entendemos la Neurosis Obsesiva como una estructura clínica, aunque al mismo tiempo decimos que se puede ser neurótico obsesivo enfermo, es decir, padecer de lo que se deriva de la propia estructura. La estructura obsesiva presenta un sujeto cuyo principal padecimiento es el del pensamiento (pensar en demasía, pasar de una cosa a otra sin solución de continuidad, con el consiguiente gasto de energía psíquica) y cuya principal manifestación social es la de la inhibición y el aislamiento. Los síntomas del neurótico obsesivo van desde contar cosas, objetos, números, palabras, sin poder parar de hacerlo, o repetir una palabra, una frase, una canción, hasta la imposibilidad de salir de casa por miedo a ser descubiertos, interrogados, escrutados por los demás que se les presentan como jueces implacables de su inmoralidad o su ineptitud.

 El ensayo “El Hombre de las Ratas”, lectura prioritaria en nuestro estudio, considerado como el caso paradigmático descrito por Freud para tipificar la Neurosis Obsesiva, nos ofrece todo un catálogo de síntomas, que invitan a Freud a establecer los puntos de unión entre esos síntomas y la relación especial de amor odio del sujeto con su padre, así como una exacerbada sexualidad muy precoz que le sitúa en una particular posición con respecto a las mujeres y al deseo sexual.
 La tortura de las ratas, consistente en introducir una rata por el ano del reo hasta que le devora las entrañas, referida por un oficial del ejército prusiano durante unas maniobras en las que participaba nuestro “Hombre”, se convierte en la principal idea obsesiva en éste sujeto, al pensar que podía llegar a padecerla  como castigo por haber cometido una falta imaginaria en relación con la contracción de una deuda de juego arrastrada desde que su padre sirviera en las filas de ese mismo ejército. La necesidad inconsciente de pagar esa deuda contraída por el padre muchos años atrás. La indecisión sobre si debía contraer un matrimonio de conveniencia propuesto por la familia que le aseguraba la estabilidad económica o emparejarse con la mujer a la que realmente deseaba, son los puntos clave de la historia.

 El despertar precoz a la sexualidad de nuestro sujeto, contemplada por Freud como una condición estructurante de todo obsesivo, los sentimientos de culpa inconscientes por albergar este deseo sexual prematuro inconfesable combinados con un odio al padre concebido como represor y castigador de dicho deseo, configuran la estructura neurótica del “Hombre de las ratas”, este sujeto, obsesivo por excelencia. “Este niño será un genio o un gran criminal” esta frase pronunciada por su padre cuando él contaba muy pocos años queda inscrita en el texto del fantasma de Ernst Lanzer. Después de una violenta discusión con su padre a la edad de cuatro o cinco años tras ser sorprendido por éste en un acto reprobable, en un arrebato de furia el niño insulta al padre nombrándole con todo tipo de objetos que encuentra a su alrededor por no conocer todavía otras palabras más insultantes manejadas por los adultos, “armario” “lámpara” “mesa” pero expresadas con tal ira que las palabras tomaron allí el carácter de insulto, lo que le pone al padre en la tesitura de pronunciar la famosa frase: “Este niño será un genio o un gran criminal”.

 Esa figura paterna que toma cuerpo en esa instancia a la que Freud llamó el” Súper Yo” se instala en el obsesivo, le amenaza y le persigue hasta la tumba, es el subrogado de ese padre castigador y represivo.

 Pero el obsesivo tiene culpa depositada en ese “Súper Yo”; tiene culpa, se siente culpable, por desear (escuché a Jacques Nassif decir que, en el fondo, todo deseo es incestuoso) y por existir, por lo tanto, su gran caballo de batalla será amortiguar el deseo hasta el punto de anularlo convirtiéndolo en necesidad y solo entonces darse licencia para satisfacerlo y servirse de la inhibición para morir en vida y así poder pagar su tributo a la existencia.

 Sus ideas sobre la muerte le mantienen alerta para decirle que la vida no merece la pena ser vivida si el resultado final va a ser la muerte. Por eso la pregunta del obsesivo, ¿estoy vivo o estoy muerto? Porque se pone de un plumazo en la tesitura de no existir, con la consiguiente pérdida de la conciencia de sí mismo y, por lo tanto, de la conciencia de haber existido, lo que viene a ser lo mismo que estar muerto.

 Por otra parte, el cuerpo tira, la pulsión llama y no entiende de aplazamientos de la satisfacción ni de vías alternativas para conseguir la misma, así que el obsesivo se ve atrapado por sus pulsiones, el hambre, el sexo. Entonces el obsesivo se apresta a satisfacer todo eso, pero con disimulo, así inventará un mecanismo muy curioso al que Freud llamó “formación reactiva” que le pondrá a salvo de sus inclinaciones “indeseables”. Su odio lo convertirá en amor a través de una exagerada amabilidad y cortesía. Si tiene deseos sexuales que contravengan las convenciones sociales, se convertirá en un místico. Si es la gula lo que le acucia, se convertirá en un asceta.               
        
 Buscará denodadamente un Otro (con mayúsculas) del saber, que le sirva para suplir su déficit de conocimiento, como sustituto de un padre poseedor de todo el conocimiento, a quien amará u odiará alternativamente según su inclinación imaginaria a sentirse   amado u odiado por él como resultado de la valoración que éste padre-Otro haga de sus propios méritos.

 Juan David Nasio en El dolor de la histeria nos ofrece una descripción muy gráfica del fantasma del obsesivo:

 “Un niño, presa de un deseo incestuoso hacia la madre, es embargado por la angustia (angustia de castración) al oír la voz interceptora del padre prohibiéndole cumplir este deseo bajo pena de castrarlo. La zona erógena a cuyo alrededor se organiza el fantasma del obsesivo es el oído, que vibra, sufre y goza de haber oído la voz imperiosa del padre.”

 Freud, en Tótem y Tabú, a propósito del sentimiento de culpa observado en los neuróticos, nos dice:

 “Un neurótico obsesivo puede estar oprimido por una conciencia de culpa que convendría a un redomado asesino, no obstante ser, ya desde su niñez, el más considerado y escrupuloso de los hombres en el trato con sus prójimos. Sin embargo su sentimiento de culpa tiene un fundamento: se basa en   sus intensos y frecuentes deseos de muerte que en su interior, inconscientemente le nacen hacia sus prójimos//Y por lo que toca al desarrollo de las acciones obsesivas, se la puede describir poniendo de relieve cómo ellas, distanciadas de lo sexual en todo lo posible, empiezan como unos ensalmos contra malos deseos para terminar siendo unos sustitutos de un obrar sexual prohibido, al que imitan con la máxima fidelidad posible”

 Puedo referir en este punto el caso de una paciente. Acude a consulta por no poder soportar sus síntomas que le llevan a lavarse constantemente las manos y los genitales por tener la sensación de estar sucia o ensuciarse y ensuciar a cada paso que da. Durante el día se encierra en su casa a cal y canto, cerrando puertas y ventanas, por temor a que entre la luz. Durante la noche no puede dormir pensando en la cantidad de retos que le planteará la vida en pareja y la vida social y en cómo solucionarlos. Su reocupación capital es la elusión de todo contacto sexual con su marido por temor a ensuciarse, y la confrontación con los vecinos por pensar que le van a notar los pensamientos posiblemente sucios de los que en algún momento ella habrá sido víctima sin poder evitarlo. En el transcurso del análisis da cuenta de prácticas sexuales masturbatorias con un primo suyo cuando ella contaba seis o siete años, y también de tocamientos hacia ella hechos por su padre cuando a esas edades era requerida a la cama de su padre o su padre iba a la suya. En el trascurso del análisis pudo colegir que su afán por permanecer con la luz apagada y las ventanas cerradas en pleno día se debía al terror que le suponía el pensar en que su padre la iba a llamar para que fuese a su cama o que él iría a la suya en cualquier momento de la noche y como ella se tapaba y se escondía bajo las sábanas y permanecía en el más absoluto de los silencios para evitar ser “descubierta” por su padre.

 Su obsesión por la limpieza se debía, según ella misma pudo colegir, también al sentimiento de suciedad que le invadía al recordar los episodios eróticos con su primo que, algunos años mayor que ella, le requería para que le acariciase el pene y para que se desnudase delante de él. Cuando ella le preguntaba al primo si eso que hacían estaba bien, él le contestaba que sí, porque ellos dos se querían. Admitió, tras un proceso de exploración al respecto, que en esos encuentros con su primo había un deseo por parte de ella y tuvo a bien reconocer que el encuentro con ese deseo le había puesto en la tesitura de dejar de luchar contra él, lo que fue haciendo desaparecer su obsesión por la limpieza que le impelía a lavarse constantemente manos y genitales, al dejar de sentirse sucia. El trauma que le suponía el recuerdo de los requerimientos sexuales de su padre le llevó a la conclusión de que la circunstancia era tan difícil de solucionar para ella que necesitaba condonarse la deuda que había contraído consigo misma al pensar que podría haberse comportado de otra manera y el mero hecho de comunicarlo en el análisis le condujo a la posibilidad de establecer un nuevo punto de vista de las relaciones con sus vecinos y con la sociedad en general.

 Recuperó el deseo de las relaciones sexuales con su marido y hasta pasado un tiempo se instaló en ella el deseo de tener un hijo lo que condujo a buen término.       

 Nos dice Lacan en el Seminario IV La relación de objeto Pág. 29, Cap. “Las tres formas de la falta de objeto”: “La neurosis obsesiva es, como piensa la mayoría de quienes aquí están, una noción estructurante que puede expresarse aproximadamente así. ¿Qué es un obsesivo? En suma, es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto. El juego al que se entrega es una forma de ponerse a resguardo de la muerte. Se trata de un juego viviente que consiste en mostrarse invulnerable. Con este fin, se consagra a una denominación que condiciona todos sus contactos con los demás. Se le ve en una especie de exhibición con la que trata de mostrar hasta dónde puede llegar en ese ejercicio, que tiene todas las características de un juego, incluyendo sus características ilusorias, es decir, hasta dónde puede llegar con los demás, el otro con minúscula, que es solo su alter ego, su propio doble. Su juego se desarrolla delante de Otro (con mayúsculas) que asiste al espectáculo. Él mismo es solo un espectador, y en ello estriba la posibilidad misma del juego y del placer que obtiene. Sin embargo, no sabe qué lugar ocupa, esto es lo inconsciente que hay en él. Lo que hace lo hace a título de coartada. Esto si lo puede entrever, se da perfecta cuenta de que juego no se juega donde él está, y por eso casi nada de lo que ocurre tiene para él verdadera importancia, lo cual no significa que sepa desde donde ve todo esto.  


Bibliografía


S. Freud. - Las neuro psicosis de defensa (1894) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 41. Buenos Aires 

S. Freud. - Obsesiones y fobias (1895) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 61. Buenos Aires

S. Freud. - Manuscrito K (Correspondencia con Flíess) (1950 a) (1985) Obras Completas Orbis Vol. XIX.  Barcelona

S. Freud. - Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896) Obras Completas.  Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 157. Buenos aires

S. Freud. - La sexualidad en la teoría de las neurosis (1898) Obras completas. Amorrortu Editores Vol. III, Pág. 251. Buenos Aires

S. Freud. - Acciones obsesivas y prácticas religiosas (1907) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. IX, Pág. 97. Buenos Aires

S. Freud. - Carácter y erotismo anal (1908) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. IX, Pág. 149 Buenos Aires

S. Freud. - A propósito de un caso de neurosis obsesiva (El hombre de las ratas) (1909) Obras completas. 
Amorrortu Editores Vol. X, Pág. 119. Buenos Aires

S. Freud. - La predisposición a la neurosis obsesiva (1909) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XII, Pág. 329. Buenos Aires

S. Freud. -  De la historia de una neurosis infantil- Sección VI (1918 b) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XVII, Pág. 1. Buenos Aires

S. Freud. -  Paralelo mitológico de una representación obsesiva plástica (1916 b) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XIV, Pág. 344. Buenos Aires

S. Freud. - Sobre la trasposición de la pulsión, en particular del erotismo anal (1917 c) Obras Completas. Orbis Vol. XI Barcelona

S. Freud. - Lecciones introductorias al Psicoanálisis 17ª conferencia. El sentido de los síntomas (191617) Obras Completas. Orbis Vol. XII. Barcelona

S. Freud. - Inhibición síntoma y angustia, capítulos V y VI (1926 d) Obras Completas. Amorrortu Editores Vol. XX, Pág. 106. Barcelona

J. Lacan. -  Seminario IV La relación de objeto. Las tres formas de la falta de objeto. Pág. 29 Paidós. Buenos Aires

J. Lacan. - Seminario VIII La transferencia. La presencia real Págs. 292-3 El falo en la histeria y en la obsesión. Paidós. Buenos Aires

J. A. Miller. - El hueso de un análisis. Tres haches. Buenos Aires

J. D. Nasio. - El dolor de la histeria. Paidós. Psicología profunda. Buenos Aires

Denise Lachaud. -  El infierno del deber. El discurso del obsesivo. Ediciones del Serval. Barcelona

Laura Vacarezza. - El trabajo analítico.  Editorial Síntesis. Barcelona    

Fernando Reyes
              

jueves, 4 de octubre de 2018

Los lotófagos

Los lotófagos:
Una  de las primeras aventuras del auténtico nostos o viaje de retorno se remonta, por cierto, mucho más atrás, más atrás incluso de la época bárbara de las figuras demoníacas y los dioses magos. Se trata del episodio de los lotófagos, de los hombres que se nutren sel loto. Quien prueba ese alimento está perdido, lo mismo que el que escucha a las Sirenas o quien es tocado por la vara de Circe. Pero, en este caso, a las víctimas no debe aguardar nada malo: "los lotófagos... no tramaron la muerte de los hombres, nuestros amigos"(Odisea. Canto IX. Gredos.). Sólo el olvido y la pérdida de la voluntad los amenazan (la negrita es mía). La maldición no condena a nada  más que al estado original, sin trabajo ni lucha, en "la tierra fecunda"(Odisea. Canto XXIII. Ibid.); "El que de ellos probara su meloso dulzor, al instante perdía todo gusto de volver y llegar con noticias al suelo paterno; sólo ansiaba quedarse entre aquellos lotófagos, dando al olvido el regreso, y saciarse con flores de loto.. Este idilio, que, por lo demás, hace pensar en la ebriedad de los estupefacientes con cuya ayuda en estructuras sociales petrificadas a las clases sometidas se les hizo capaces de soportar lo insoportable, no puede ser consentido a los suyos por la razón autoconservadora.. Ese idilio es, en efecto, mera apariencia de felicidad, un obtuso vegetar, indigente como la existencia de los animales. En el mejor de los casos sería la ausencia de conciencia de la infelicidad, La felicidad, por el contrario, implica verdad. Es esencialmente un resultado. Se desarrolla en y desde el dolor superado. Por ello el paciente héroe está en su derecho, que no le permite quedarse entre los lotófagos (la negrita es mía). En contra de estos sostiene su misma causa, la realización de la utopía mediante el trabajo histórico (rememoración, este añadido es mío), mientras que la simple permanencia en la imagen de la felicidad le arrebata su fuerza.

Este fragmento está extraído de: Horkheimer, M. Adorno, T. W. Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos. Editorial Trotta. Madrid, 2009. Novena edición. Págs. 113, 114.

Fernando Reyes

Libertad de pensamiento

Libertad de pensamiento:
La expresión "libertad de pensamiento" ha palidecido hoy hasta la trivialidad. En época de Schiller todavía no era nada usual; en el ámbito de la lengua alemana utilizó su contenido conceptual por primera vez Herder, influido por la ilustración inglesa y francesa. Pero fue Schiller quien, a través de la figura del marqués de Poza, dio a esa expresión una significación rica y la convirtió en un programa de acción. Libertad de pensamiento significa: uso libre de la razón individual en materia de religión, moral, Estado y ciencia, o sea, en todos los asuntos importantes de la vida. Se pensaba entonces en una razón cuyo germen figura en todo individuo y puede desarrollarse en él mediante una educación adecuada. En este sentido la libertad de pensamiento no es otra cosa que la autodeterminación de la persona mediante la propia razón.
Con la libertad de pensamiento así entendida se exigía más de lo que un monarca ilustrado como Federico II estaba dispuesto a dar. Son conocidas las palabras de Federico: "Razonad como queráis, pero obedeced". Frente a esto la "libertad de pensamiento" exige no sólo el razonamiento libre, sino también la autodeterminación práctica por motivos racionales. Así como el artista determina su obra y realiza su fin en ella, de igual manera cada individuo ha de realizarse a sí mismo y encontrar su fin en la figura que él da a su vida. Cada uno, tan pronto como madura en él la razón, ha de obedecerse únicamente a sí mismo, y sólo obedecerá al mandato extraño cuando éste coincida con la voz de la propia razón.

Extraído de: Schiller o la invención del idealismo alemán. Rüdiger Safranski. Tusquet Editores, Barcelona, 2006. Págs. 246,247.

Fernando Reyes

lunes, 21 de mayo de 2018

Un poco de historia


Un poco de historia
Los textos que vienen a continuación, están extraídos de: Culturas del erotismo en España.
Maite Zubiaurre. Grandes Temas. Cátedra, segunda edición. Barcelona, 2015


Lo que Marañón comunicó a su audiencia cubana en el año 1927 en relación con el psicoanálisis y la sexualidad infantil guarda una sospechosa similitud con lo que, en defensa de la moral pública de los españoles, declaró y promulgó el real decreto de 1928:
               
  En estos tiempos de difusión literaria sin límites y profesionalismo excesivo, es inevitable la divulgación de estos conceptos [relacionados con la sexualidad del niño] que en las mentes no preparadas-es decir, en casi todas las mentes-producen un efecto desmoralizador y regresivo. Ya sé que las ideas de Freud y de los psicólogos de su escuela, en manos llenas de tacto son inofensivas y en ocasiones luminosamente útiles. Pero esas manos son exceptuales. Destruir un mito beneficioso [el mito de la pureza sexual del alma infantil] podrá ser científico, pero socialmente tiene muchos peligros (1967, 169)
Op. Cit. Pág. 59

Finalmente, el psiquiatra español dictamina que el psicoanálisis es <> y <> (1914ª, 226-235). En la nota final a sus <> Fernandez Sanz pone énfasis nuevamente en que:

 Las deducciones éticas de los psicoanalistas representan, pues, un lamentable retroceso en la evolución del perfeccionamiento moral, porque autoriza la satisfacción de los impulsos sexuales, por la sola razón de su existencia, sin esclavizarlos a la soberanía de los altos principios morales, que son, en último término, los supremos y legítimos representantes del verdadero interés del individuo y de la raza. En suma, la escuela psicoanalítica pasará a la historia estigmatizada por la reprobación de los pensadores imparciales (1914ª, 235).
Ibid. Pág. 71

Irónicamente, y aunque el recelo contra Freud era extendido y tenaz, su obra vuelve a ingresar de nuevo en España, y esta vez se establece firmemente durante un periodo de casi veinte años. En 1917, Ortega, a pesar de sus sentimientos manifiestamente encontrados en relación con es psicoanálisis anima a José Ruiz Castillo, el director de la editorial Biblioteca Nueva, a publicar las obras completas de Freud, en traducción de Luís López Ballesteros.
Ibid. Pág. 72

Además, la mayoría de los intelectuales españoles le afeaban al psicoanálisis su dogmatismo cuasi religioso, su elitismo social y su imperialismo expansionista. En palabras de Fernandez Sanz,

 La evolución de esta doctrina [psicoanalítica] tiene algo de imperialismo; había nacido modestamente del estudio de un caso de histeria; había procurado lograr la terapia de psiconeurosis en general, y luego, había aspirado a dominar el campo de la psiquiatría, la psicología general e invadir la ética, la sociología, la antropología, la criminología, la filología, la mitología y la historia convirtiéndose en una suerte de panacea universal (Gutierrez Terrazas, 1984, 211-212).
Ibid. Pág. 74

Más adelante, viajó incluso a los Estados Unidos de Norteamérica, en la guisa de costoso producto importado que solo los americanos ricos-ergo, fundamentalmente los judíos y los protestantes-se podían permitir. En palabras de José María Villaverde Larraz,

 El psicoanálisis debe practicarse durante meses y aun años para poder descubrir todo lo que el enfermo ignora y que por no salir nunca en su verdadera forma hay que venir a su conocimiento interpretando emociones, ensueños, etc. Esto, como se comprende, por sí solo exige pasarse la vida con unos cuantos enfermos, que, si no son las hijas de multimillonarios norteamericanos, no podrán pagar el trabajo tan enorme que el mentalista exige (Carles et al., 2000, 131).
Ibid. Pág. 75

Malo era tener a todas esas damas de clase acomodada ventilando su vida sexual, quizá menos irreprochable de lo que reflejaban las apariencias; malo era también saber que, a través de esas impúdicas confesiones de las féminas, quedaban expuestas en el terreno de lo erótico, las deficiencias de compañeros y esposos. Pero sin duda, lo que más incomodaba al patriarcado español era esa actitud pasiva (y, por tanto<>) del psicoanalista frente a la imparable logorrea de la paciente reclinada sobre el diván. Añadámosle a ello que no solamente le estaba vedada al psicoanalista la posibilidad de una intervención autorizada (y autoritaria), sino que, por prescripción facultativa, como quien dice, el propio psicoanalista, antes de volverse tal, había de representar el desairado papel de enfermo. Garma, uno de los pocos seguidores incondicionales del psicoanálisis freudiano en la España del primer tercio del siglo XX, insistía siempre en que si el psicoanalista en ciernes quería realmente entender como funcionaba el subconsciente de los demás, primero había de someterse él mismo a la cura psicoanalítica (1930, 218). El énfasis de Garma era deliberado, ya que estaba perfectamente familiarizado con la arrogancia profesional de los psiquiatras españoles. Era muy difícil por no decir imposible, que ninguno de sus colegas se mostrara dispuesto a <> a paciente, y mucho menos desnudar el lado sexual de su alma. Dejarse caer sobre un diván y declararse loco y enajenado era lo mismo que deponer toda autoridad profesional; más aún, era volverse afeminado y débil, una criatura patética que, frente a un colega masculino, descarga en un torrente de palabras todas sus inhibiciones (homo)sexuales. En otras palabras, y para recurrir a una comparación, decirle a un psiquiatra que para ser doctor primero había de ser paciente era como decirle a un misionero que antes de esparcir por el mundo la palabra de Dios, había primero que trocarse en <> infiel.
Ibid. Pág. 79

Todos estos fragmentos han sido extraídos del capítulo 2 de la mencionada obra titulado:
La sexualidad en la edad de plata
PANORAMA HISTÓRICO

Un pequeño comentario para matizar algunos aspectos que se vierten en los textos seleccionados:
El término subconsciente hoy en día no se usa, el término correcto sería inconsciente (sería lo desconocido, según el término freudiano)
Un psicoanalista no tiene porqué ser un “colega masculino” puede ser perfectamente “una colega femenina”. Tampoco tiene porque ser un psiquiatra o una psiquiatra, los médicos, psicólogos, filósofos, también ejercen como psicoanalistas.
Todo eso que dice Fernandez Sanz en el fragmento escogido… ¿no les parece a ustedes que ha resultado ser toda una premonición?
Fernando Reyes                

jueves, 22 de marzo de 2018

Los seres no humanos

     Los seres no humanos cumplen sin intención y sin plan el programa en el que figuran. Para ellos no hay ninguna perfección que hayan de conseguir todavía. Son lo que son, y lo son en la perfección que expresan. Sólo el hombre tiene que realizar esta perfección como perfeccionamiento propio, como su acción. Al hombre se le ha puesto a disposición la propia creación. Por tanto, su para qué es: llegar a ser lo que puede ser, y llegar a ser eso haciéndose a sí mismo.
   Esta visión es espiritual, pero se despliega sin un más allá. Desde la creación, lo divino es completamente inmanente. Acontece en el juego del amor, que abarca el conocimiento y la acción, y en el que se realiza aquella apertura recíproca de las esencias por la que el todo puede experimentarse en la conciencia como la gran cadena de los seres. Quien cree en el poder del amor no necesita ningún Dios supraterrenal, es más, la <> amante <> es suficientemente fuerte para poder <> (V, 353). Eso es el Dios que se manifiesta en el poder de la unión. Por tanto, no se necesita ningún Dios trascendente, sobre todo ningún Dios con el que se hagan negocios recíprocos según el modelo: yo soy devoto y virtuoso para que una vez sea premiado en el cielo por esto. El amor y la virtud que brota de él son su propia retribución. La vida puede lograrse ahora, no es necesario esperar a una retribución en el más allá. Se logra con el amor. En consecuencia, la condenación no amenaza desde un juicio en el más allá, sino que el carente de amor padece ya ahora su castigo. Cerrado y obstinado protege su pobre y pequeño yo como su posesión, y se convierte en su prisionero. Se acurruca en la prisión de su egoísmo. <
    Esta visión toma motivos de Giordano Bruno y Pico de la Mirandola; no entremos en si esta conexión es intencionada o inconsciente. No sabemos si Schiller estudió a estos filósofos del Renacimiento; en todo caso podemos suponer que oyó hablar de ellos en las clases de Abel. Bruno entendía el amor como un poder cósmico creador, y Mirandola había desarrollado la idea de la creación inacabada del hombre, que en consecuencia tiene la tarea de terminarse a sí mismo. No estamos fijados por naturaleza, escribe Mirandola. <>. El propio perfeccionamiento del hombre es la obra creadora con la que este imita al gran creador. En al visión de Julio ambas cosas se piensan conjuntamente, el cósmico poder unificador del amor y el poder creador del propio perfeccionamiento.

Schiller o la invención del idealismo alemán. Rüdiger Safranski. Biografía. Tiempo de memoria, Tusquets Editores. Traducción de Raúl Gabás, Barcelona , 2006. Págs. 220-221